Zacualpan: haciendas, muertos y música

Por Amaury Colmenares | Fotos: Gabriel Rozycki y Bonnie Jean

Fuimos a Zacualpan de Amilpas, un pueblo ubicado en el extremo este de Morelos. Es ya célebre en la región por la Mojiganga, un desfile de cartonería en el que alrededor de 30 grupos de personas disfrazadas salen a bailar por el pueblo. Pero en cuanto nos enteramos de que también celebran a lo grande el Día de Muertos, nos fuimos a dar una vuelta por allá.

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Ante el panorama de violencia, de globalización, de crisis económica y el fenómeno de migración, que parecen amenazar la existencia de las pequeñas comunidades, en Zacualpan de Amilpas los pobladores han decidido reinventar a su gusto las tradiciones. Las comparsas que salen en Día de Muertos a recorrer el pueblo no tienen más de 6 años de existencia.
Sin ningún interés turístico o comercial de por medio, sin intervención alguna del gobierno, esta gente regresa a casa a fabricar junto a sus amigos los disfraces que usarán en la noche para bailar con sus seres queridos. Es un gesto espontáneo que parece la respuesta a muchas cosas.
Una vez más, el calor, la comida, los amigos y las pláticas… incluso con los muertos.

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Además de ir a limpiar las tumbas y poner ofrendas –algunas muy elaboradas y llenas de sentido del humor–, salen a las calles en grupos de diez o veinte personas, seguidos de una banda que incansable los acompaña a “pedir calaverita” a las casas vecinas.
Así es como estuvimos caminando por la noche en el pueblo junto a unos charros muertos que se detenían frente a la puerta abierta de alguna casa con ofrenda y cantaban una macabra serenata para conseguir pomos. A parte de ese botín, llevaban consigo a un valiente que cargaba un galón de aguardiente.

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Durante la noche muchas casas permanecieron con sus puertas abiertas, con el camino de pétalos de cempaxúchitl que debe dirigir a las ánimas hasta las ofrendas, pero también para que los habitantes vivos pudieran salir a ver las comparsas que recorrían bailando las calles.

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Don Pepe Neri

 

“He establecido que la verdadera conquista de las obras no es sólo la audacia de concebirlas, sino la grandeza de realizarlas.” Esta máxima me fue repetida varias veces por Don Pepe Neri hasta que logré comprenderla del todo. A veces comenzaba a recitarla y a la mitad se abstraía y se le olvidaba, otras simplemente balbuceaba.

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Don Pepe Neri se paseaba por el taller de cartonería sonriéndole a quien le dedicara una breve mirada y pidiendo “un golpe”, pero nadie le ponía mucha atención. En algún momento me miró sonriendo, me señaló con el índice y dijo: “Usted es científico del espíritu”. Éramos los únicos que no estaban afanados en los preparativos para la comparsa, así que parecía natural que buscara nuestra compañía.
Nos pusimos a platicar, aunque fue difícil agarrar el ritmo. Comenzaba a decir cosas que tenían pinta de interesantísimas (“hace poco pensé que todo depende de los árabes, porque descubrí que en el libro…”) pero perdía el hilo mirando a la nada, sonriendo como si algún otro recuerdo grato lo hubiera distraído. En nos platicó, por ejemplo, de su buen amigo Luis Urías, compositor de la música de El Topo, de Alejandro Jodorowsky. (Aunque Luis Urías no fue el compositor de la música, sino que apareció brevemente en la cinta; después escribiría el guion de la película Anticlímax). También habló sobre su mecenas, Sergio Mota Marín, hombre al que recuerda con mucho cariño y que fuera embajador en el Reino de Dinamarca.

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En algún momento, cuando miré hacia otro lado y don Neri se distrajo, uno de nuestros amigos del pueblo me dijo en voz baja: “Él fue un artista importante; tiene esculturas en París y restauró la puerta de la Catedral cuando se estaba cayendo… pero lo dejaron plantado en el altar y lo consumió el aguardiente”.
Es un hombre de extrema cortesía. Cuando yo le regalaba un cigarro, él lo aceptaba como por compromiso y decía, con voz grave: “muy de usted”. Ya en confianza, comenzó a contarnos sobre su pasado. Aunque es de Zacualpan, su padre llevó a la familia a la Ciudad de México.
“Nosotros fuimos pioneros de una colonia llena de lodo”, decía con desprecio y nostalgia. “Cerro Prieto… ¡era un pantano! Había muertos… no… aguas muertas. En esos pantanos vivían cuerpos. Mi mamá nos llevaba a pasear por los pantanos y nos encontrábamos a los muertos. Luego íbamos a ver los aviones.” Y como si nos leyera el pensamiento, de vez en cuando sonreía y exclamaba: “Mira, ¡qué interesante!”. (La colonia se llama Héroes de Cierro Prieto y, efectivamente, está muy cerca del aeropuerto de la Ciudad de México, aunque no tiene pinta de ser un pantano.)

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“Mi padre fue uno de los mejores inventores. Trabajaba en una trasnacional. ¿Inventor de qué? De cheques. De cheques de papel. ¡Mira, qué interesante!”.
Después de fumarse varios cigarros y de pedir, sin éxito, un golpe, uno de nuestros amigos del pueblo le pidió que hiciera un elefantazo. Algunos más de los que andaban por ahí corearon la petición. “¡Don Pepe, elefantazo, elefantazo!”.
Y, sonriente y cortés como siempre, Don Pepe Neri se puso el brazo en la cara como una trompa y lanzó una trompetilla aguda y ruidosa, que remató con un espléndido grito de guajolote. Con ese desplante lo perdimos, porque de la nada apareció la banda y se puso a tocar. Todos nos pusimos de pie para el inicio del espectáculo.Don Pepe Neri se acercó a los músicos. Fue con el que traía la tarola, un niño de poca edad pero muchos bríos, y le quitó con suavidad las baquetas. Don Pepe se puso a tocar hasta que hizo que la banda perdiera por completo el ritmo.

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1 comentario

  1. Resulta interesante la percepción que tienen de “Zacualpan” por estas experiencias, leer sobre Don Pepe Neri (pepeton) fue muy agradable, hace un par de años realizamos una entrevista sobre su vida como artista. Leer “la verdadera conquista de las obras no es sólo la audacia de concebirlas, sino la grandeza de realizarlas.” me transporto a esa tarde lluviosa que lo entrevistamos, llorando y bebiendo aguardiente. Pepeton es mi tio, hermano de mi madre, una gran persona, que admiro y que me mostro la locura de intentar ser un artista.

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