Zacualpan: ex haciendas y aguardiente

Davo Valdés de la Campa | Fotos: Gabriel Rozycki

Los niños no se mueven igual que los adultos. Parece como si habitaran un plano en  donde casi todo es posible. Las dimensiones del mundo cambian conforme vamos creciendo y cobran una distancia aterradora. Por eso sentí vértigo cuando atravesamos el acueducto en la Hacienda de Cuatepec en Zacualpan de Amilpas. Queríamos subir hacia los depósitos de agua en el techo de una de las bodegas. En las alturas altos guajes nos ayudaban de soportes al avanzar, sus ramas alcanzaban los cuatro metros o más. Pero cometí el error de mirar abajo y ver el lodo en el fondo muy lejos de mí y no pude evitar imaginarme cayendo y rompiéndome los huesos. Cerca de ahí se escuchan gritos de niños. En las inmediaciones de la hacienda abandonada ahora se encuentra la Secundaria Técnica Número 12.

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-Seguro los morros vienen aquí a hacer de todo-, digo mientras me detengo e intento tranquilizarme. No quiero ser el único aterrado por las alturas.

-Sí. Aquí pasa de todo, contesta Tony. No hay muchos lugares para ir aquí.

-¿Y cuántos se han caído? – pregunta Amaury casi a gatas detrás de nosotros.

Pensé que Tony iba a lanzar una cantidad absurda, sobre todo porque antes nos había contado como además de los pocos lugares para ir, lo único que se puede hacer en Zacualpan es beber aguardiente.

-Sólo dos.

Al parecer sólo dos hombres han sido víctimas de esos oscuros pozos y por suerte habían sobrevivido (con costillas rotas, rostros desfigurados y problemas para caminar) para contarlo. En las alturas de la hacienda se alcanza a ver todo alrededor. La capilla abandonada (que ahora es el auditorio de la secundaria), el Popocatepetl, los campos de sorgo que la gente cultiva para el poco ganado que queda en Yecapixtla, el campo de fútbol.
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-En época de lluvia se pone resbaloso aquí arriba- dice Tony. Y  adentro del pozo crece musgo, les juro que cuando pasó lo del accidente, si te asomabas se veían los dedos marcados en los muros, de los hombres intentando agarrar algo.

Todos nos asomamos. No había forma de sobrevivir esa caída. Volvió el vértigo.

Por supuesto que nadie sabía cómo se había caído. Quizá habían tomado aguardiente, pero resulta poco probable que dos borrachos caigan en el mismo sitio.

-Quién sabe qué cosas estaban haciendo viendo el precipicio…

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Además de la Hacienda de Cuatepec, visitamos la Hacienda de Chicomocelo, en el poblado de Tlacotepec. Su nombre significa “Lugar de los sietes jaguares o donde jugueteaban los jaguares” y es porque en las cercanías hay valles, lomeríos y barrancas que estaban habitados por lobos, venados, tlacuaches y jaguares. Ambas haciendas concentraban su estructura en torno a la producción y procesamiento de la caña de azúcar. La primera con grandes zonas de cultivo y la segunda como sede de trapiches para la extracción de melado y conversión de azúcar. Además contaba con molinos y piedras enormes para procesar trigo y amaranto.

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Las estructuras y la dimensión de las naves vacías son vestigio de la importancia de Zacualpan en la dinámica económica colonial. Se cuenta, por ejemplo, que su producción era tan grande que los jesuitas destinaban el producto de los cultivos para el mantenimiento del colegio San Pedro y San Pablo, en la Ciudad de México. Actualmente la ex hacienda de San Nicolás Cuautepec es resguardada por el Instituto de Educación Básica del Estado de Morelos. Prácticamente está abandonada y sólo funciona ahí una secundaria. El edificio data del siglo XVI, construida por frailes jesuitas, y estaba dedicada a la producción de azúcar. Fue abandonada tras la Revolución, pues el sistema económico y político que sustentaba el funcionamiento de las haciendas experimentó cambios drásticos. La ex Hacienda Chicomocelo data también del siglo XVI, pero debido a sismos, una parte de la hacienda se arruinó, y el resto quedó abandonada durante el siglo XVIII.

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Hemos visitado muchos lugares abandonados. En muchos veo una constante: no hay techos. Por alguna razón los muros resisten, mientras que los techos desaparecen, a veces consumidos por incendios o también porque la gente se roba la madera para construir. Así que son estructuras abiertas, en constante contacto con la naturaleza y el cielo abierto. Los elementos reconfiguran las construcciones, se apropian. Me asombra la capacidad absurda de la vida. Tampoco puedo evitar imaginar cómo era la vida en otros tiempos. Pregunto todo el tiempo qué era tal edificio y qué hacía la gente ahí. Quiero saber si era un dormitorio, una bodega (y qué guardaban), si era un comedor, por qué hay decorados de ángeles. Recorro los muros con la mirada y voy reconstruyendo una historia: musgo, tizne, hierba, agujeros de balas y en el suelo botellas vacías de mezcal, basura quemada, ropa vieja. Uno podría pensar que las haciendas son escondite de borrachitos de pueblo, pero en realidad nos cuentan con esas condiciones una historia diferente.

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Aguardiente

No son locales con anuncios, pero puedes tocar en distintos horarios y pedir aguardiente. Pueden ser curados de maracuya o café o pura, así en botellas recicladas de refresco. La gente en Zacualpan sabe cuáles son los portones indicados y de esa forma es posible beber a cualquier hora. En uno de estos locales se puede tocar antes del amanecer y comprar pan recién salido del horno, pero también puedes comprar un par de litros de aguardiente para antes de dormir o para comenzar la jornada laboral en el campo. También es famosa Doña Andrea, que abre su portón y en su patio atestado de helechos puedes beber cerveza o “palomas” que prepara con Squirt, limón, Tajín, sal y puedes ser preparado de dos formas: de caballero o de dama, según la cantidad de alcohol que contiene.

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A mediodía en la resolana es común detener el trabajo e ir por una paloma o dos con Doña Andrea. Lo cierto es que en Zacualpan de Amilpas el consumo del alcohol está bastante normalizado y muchos campesinos rellenan sus garrafas antes de irse al monte por las mañanas y por las tardes beben cerveza o licor de jamaica. Las calles están vacías casi todo el tiempo, salvo por algún grupo de hombres que beben cerveza a la sombra o solitarios jóvenes que fuman en las banquetas. Los fines de semana regresan algunos jóvenes que viven ya sea en Puebla, Cuernavaca o Cuautla y beben aguardiente en los talleres de las comparsas.

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Café

Me pregunto cuántas calles Juárez, Galeanas, Allendes, Hidalgos existen en México. Casi podría asegurar que cada pueblo, municipio o ciudad tiene al menos una calle con estos nombres. Zacualpan de Amilpas no es la excepción. Las calles se llaman así. En menos de una hora puedes recorrer el pueblo. En las calles casi todas las casas son viejas, algunas de adobe. Las puertas están abiertas. En Día de Muertos puedes pasar a ver las ofrendas y la gente se sienta a platicar a comer empanadas de arroz con leche con café de olla. El café se cosecha ahí mismo o mejor dicho crece de manera descontrolada. No existen grandes productores de café, pero el clima es propicio para los cafetales y en las banquetas en lugar de ficus tienen cafetales con granos rojos y verdes. La gente lo prepara y lo consume comúnmente, pero nadie se ha encargado de crear una marca o de aprovechar las condiciones para generar ingresos y trabajo. Quizá es el café de olla más rico que he probado en mi vida. Pienso en cómo será Zacualpan en 30 años. No es un pueblo que tenga huellas del progreso, de hecho parece que el tiempo se ha detenido. No hay franquicias. No hay señales de que pronto vaya a ocurrir algo. No sé si cambiará el estilo de vida de los habitantes o si poco a poco se quedará vacío.

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1 comentario

  1. Buenas

    Que tiempo has dedicado a tremendo a porte y hay demasiadas cosas que no conocia que me has
    enseñado, esta maravilloso.. te queria corresponder el tiempo
    que dedicaste, con unas infinitas gracias, por preparar a personas como yo jijiji.

    Besos

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