Rutas: el peligro de que te den tubazos

/// Por Amaury Colmenares ///

Domingo Diez, noche, frente al cuartel militar. Una ruta 13 avanza a velocidad media por el carril de baja. Su conductor es un hombre joven, de complexión barrigona, con chalequito, risueño. En el asiento de hasta adelante junto a la puerta, viaja un hombre gallardo, culto y modesto (el autor) pensando en que siempre que se suben a asaltar las rutas al que le toca ser apuntado con la pistola para presionar a los demás es justo a quien esté en ese lugar, sobre todo si es una señora. Ignorando esta probabilidad, viaja valientemente ahí para poder ir viendo la ciudad. La unidad está casi vacía, sólo un muchacho flaco viaja en el asiento detrás del conductor y dos o tres personas más dispersas.

Un automóvil plateado se le cierra a la ruta para entrar al estacionamiento de un negocio. La ruta lo deja pasar. Otro, un deportivo rojo, pasa también frente a la ruta, como siguiendo al plateado, pero se queda en medio de la calle, detenido. El rutero espera. Toca levemente el claxon después de un par de minutos. Se baja el conductor del deportivo a gritarle al rutero. “¿Te crees muy acá porque traes ruta?” le grita desde afuera el dueño del deportivo, a lo que el rutero responde que obviamente no. “¡Lo que quieras, wey, bájate!” pide desorbitado desde abajo el hombre falco, moreno y furioso.

El rutero mira extrañado al hombre que desde afuera le exige que abra la puerta para “lo que quiera”. Nadie entiende muy bien lo que está pasando, ni qué es lo que quiere el furioso de abajo ni qué es lo que hará. ¿Tendrá una pistola? ¿Terminará baleando el camión como sucedió hace pocos meses en frente del Calvario? El rutero, como para salir de dudas, le abre la puerta (¿!). Quizás creyó que el otro quería comunicarse mejor, pero la realidad era que quería entrar a la ruta para arrancarle la cabeza. Sube gritando los escalones. Se le planta enfrente al rutero, que lo mira hacia arriba, tratando de sonreír.

“¿Qué te crees muy vergas porque traes ruta?”, le pregunta a gritos. “No”, le responde el rutero con cara de “¿de qué estás hablando, en qué dimensión vives, qué clase de parámetros son esos?”. De pronto se sube a la ruta un segundo sujeto: de pelo chino largo (!), musculoso (!!) y con un tubo (!!!) a tranquilizar a su amigo (?). “Ya wey, déjalo, es un rutero”, le dice al otro. El rutero mientras tanto asegura que conducir una unidad del transporte público no lo hace sentir mejor que nadie y pregunta una y otra vez qué fue lo que hizo para desencadenar tanto odio y coraje. Sólo recibe más preguntas por respuestas (¿te crees muy… le vas a sacar… no te puedes esperar?) y un par de puñetazos en el pecho.

El hombre que viajaba en el asiento de hasta adelante junto a la puerta no ha intervenido en la acción no por cobardía o por incapacidad, sino por inteligencia. Medita posibilidades de acción (es un estratega): si se levanta para tratar de conciliar y hacer entrar en razón al par de locos, seguramente terminará siendo golpeado con el tubo; si se levanta sorpresivamente a tratar de defender por la fuerza al rutero, será agarrado a tubazos; si llama a la policía o a sus amigos, tubo; si trata de correr a la parte trasera de la unidad para organizar una ofensiva con los demás pasajeros, tubo; si trata de gritar y huir para llamar la atención de los militares, tubo. Como el tubo está, efectivamente, muy cerca de su cara, decide no hacer nada. El hombre que trae el tubo está tratando de calmar a su amigo, pero ¿para qué trae un tubo? ¿Para defender a su amigo por si no logra conciliar? ¿Para detener a su amigo por si no logra calmarlo? ¿Es una coincidencia y él ya traía el tubo en la mano antes del pleito?

Entonces pasa otra ruta 13, ve lo sospechoso de la escena y se detiene delante del auto deportivo. Los dos intrusos lo notan y discretamente se van calmando (si continúa buscando pleito, el otro rutero intervendrá y en diez minutos una orgía de dolor será detenida por los militares) para finalmente bajar de la unidad. Cuando la ruta 13 pasa a la otra ruta 13, el chofer le dice a su igual, “no pasó nada, estaba muy tomado”, como si el agresor hubiera tenido cinco años y su amigo una banana en vez de un tubo.

Más adelante el auto rojo se vuelve a parar en medio de la calle y el conductor se vuelve a bajar, esta vez con el tubo, a buscarle pleito a los que comen tacos. “¿Te crees muy vergas por tener un taco, wey?” me imagino que les pregunta a los desconcertados comensales.

 

 

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