Tertulias Literarias: Eduardo Oyervides

Eduardo Oyervides nació en Cuernavaca, el vigésimo sexo día del sexo mes de 1993. Es seudo estudiante de Letras hispánicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. En 2014 publicó “Despertar” (EdicioneZetina) y en ese mismo año la plaquette de cuentos “A deshora”, ganadora de la convocatoria Artefactos para jóvenes creadores del estado de Morelos, de Ediciones Simiente. Fue becario por parte de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en el curso de Creación Literaria Xalapa 2015. Aficionado de gustos culposos. Cree fervientemente que qué bonito es el amor cuando no es de uno, lleva más cervezas que cuartillas escritas y Eduardo no se perdona, bajo ningún pretexto, no saber volar.


Cantaleta

¿Para cuándo el bodorrio?, preguntó mi tío Chava afinado por la cerveza, rematando con fuerza la reiterada erre de ‘bodorrio’.
Están bien jovencitos, Chava, cómo crees, mi tía Ofelia se asustó.
De una vez, Ofe. Te acuerdas, cuando tú y yo detrás de los…, mi tío Chava se interrumpía entre guiños para sorber su caguama y desaparecía del mundo. Mi tía Ofelia se cubría el rostro.
Cállate, Chava, están los niños. Además eran otros tiempos, manitas sudadas y largos paseos a escondidas de nuestras familias por los parques que a estas fechas quedan muy pocos. Las serenatas, Chava, ¿te acuerdas de la canción que me cantaste una vez que te dije que sí quería ser tu novia?
Mi tío Chava jugueteaba la boquilla de su caguama, ensimismado en todo lo que no fuera mi tía Ofelia contando animadamente cierta historia de serenatas y amor. Ana (muy entretenida) y yo (muy aburrido) nos retiramos en silencio.
Bajamos al jardín. Su cabello le servía de almohada y mi pecho de colchón. Me escocía un poco el pasto maltratado pero no quise romper nuestra falsa aura de tranquilidad. Ana colocaba su barbilla en mi pecho, parecía enternecida y me miraba a los ojos, fijamente, mientras se entretenía acariciando los vellitos de mi brazo derecho, repetía la misma cantaleta:
¿Te acuerdas que te conté que Julia me contó que Gilberto le dedicó una canción muy bonita? Ay, mi amor, está preciosísima. De verdad. Y Julia la escucha a todas horas, hasta en clases, y la tararea y se jura enamoradísima de Gilberto, quesque se la canta al oído cada que se ven, o sea, todos los días. Y a mí también me la pone en sus audífonos todos los días y me la estoy aprendiendo, poco a poco, hasta siento bonito, como si me le hubieran dedicado a mí.
Y tomándose un gran respiro, cambiaba su tono:
Qué bonito ha de sentirse, pues.
Yo no le dije nada. Jamás me dijo ni me interesé por saber de qué canción se trataba. Pues a partir de este último suspiro (Ana volvió a acostarse bocarriba, dejo en paz los vellos de mi brazo, parecía enojada), nos acompañó un silencio larguísimo, interrumpido apenas por cierto murmullo que bajaba hasta nosotros como un augurio: mi tía Ofelia y mi tío Chava discutían.

¿Tomasa estaba enamorada de mí? Era difícil creer que no. Nos teníamos un alto grado de confianza, nos sentíamos cómodos, seguros y cualquier persona que nos conocía siempre se llevaba la misma impresión de nosotros:
Qué bonita pareja, decían, se nota que se entienden muy bien. Esa comodidad la aportaba Ana, que al contrario de mí ella no le daba importancia a cosas que me parecían impropias. Por ejemplo, cuando se me escapó decirle “güey” en la primera fiesta de su familia a la que me llevó. Estábamos a la mesa con sus padres y algunos tíos. Comentábamos cualquier cosa, cosas que no recuerdo, y nos carcajeábamos. En algún punto solté la palabra, gracias a Dios sus padres no me oyeron. Al oírme me cubrí la boca, el semblante de Ana cambió horrorosamente, pensé que haría erupción frente a mí, que en lugar de lava saldrían cientos de injurias en mi contra como serpientes buscando enredarse en mi cuello y que sería corrido a patadas. Pero no. Comenzó a reír.
Hubieras visto tu cara, güey, me dijo golpeándome el brazo con su puño. De momento me sorprendí incrédulo pero inmediatamente, sin notar cómo ni por qué, nos escapábamos de la mesa hacia unos setos con forma de tucán en el jardín que rentó su familia, y nos besamos más allá de los besos. O el primer día que vino a mi casa: estábamos en mi cuarto, veíamos vídeos en YouTube y yo no pude aguantarme, con ella sentada sobre mis piernas me eché un pedo. Se endureció su rostro otra vez, se tensó todo su cuerpo, y recordando la fiesta con su familia, comprendí que volvería a jugar conmigo, entonces reí como si se tratara de una broma, la abracé sin apretar y la zarandeé. Ana no dijo ni hizo nada. Seguía mirándome adusta como una pared mirando a su igual en una habitación vacía. Cuando me di cuenta de mi error comencé a pedir disculpas. Pero entonces alzó su tan hermoso culo y se echó un pedo también.
Fúmatelo, güey, me dijo. Y no recuerdo qué siguió, pero al otro día tuve que atornillar la cama. Ejemplos hay bastantes, pero jamás imaginé que una simple canción pudiera anular estos y otros pasos agigantados que yo profesaba como medulares para nuestro amor. Parecía absurdo.

A partir de esa fiesta con mi familia, donde entre tanto apacible silencio no presentí la acusación, Ana comenzó a esquivarme en la escuela.
Perdóname, Esteban, voy tarde, me decía cada mañana cuando me acercaba al verla llegar y sin detenerse corría hacia su salón. Yo me quedaba en la jardinera los minutos que consideraba aptos y me asomaba con discreción por su ventana: no tenían profesor, Ana compartía sus audífonos con Julia y extasiadas coreaban como dos soprano mudas una canción que no alcanzaba a reconocer. Después hubo más indicios, todos repletos de malévola inocencia. El colmo fue cuando ya fuera de clases ni siquiera me escuchaba:
Fíjate, mi amor, que me parece que nuestra relación alcanzó otro nivel…
Y ella pescaba notas en el aire como una rana ensimismada y hambrienta.
¿Qué tienes?, le preguntaba yo. Y a falta de respuesta volvía a preguntar en un tono más fuerte. Entonces me miraba como si no hubiese notado que siempre estuve allí y decía:
¿Perdón? ¿Qué me decías? Es que fíjate que Julia ya me pegó la canción que Gilberto le dedicó, y no me la puedo sacar de la cabeza, ¿te acuerdas que te conté?
Y harto de la misma cantaleta, supe que debía tomar cartas en el asunto.
En internet encontré la lista de “las cien canciones científicamente comprobadas que enamoraran a la mujer correcta”. No podía fallar.
Al otro día, a primera hora, esperé a Ana al pie de su salón.
¿Y ora qué te pasó, güey?, preguntó al verme. Y antes de que cualquier otra cosa sucediera, le ofrecí mis audífonos y una nota. “Con mucho amor de mí para ti”, decía la nota. Ana escuchó con tranquilidad, primero, y entre lágrimas al devolverme los audífonos me abrazó con mucha fuerza, me dijo Gracias, dándome un beso en la mejilla pues ahora sí entraba su profesor.
Estaba hecho, ahora sí: lo que Eres de Café Tacuba ha unido que no lo separe el hombre, pensé.
Ansiaba salir al receso para encontrarme con Ana. Quería sentir cómo nuestra relación se encendía como los mil infiernos ahora que contábamos con el himno de nuestro amor, ahora que estaría enamorada de mí y que cada uno de nuestros poros sonaría al ritmo de una sola melodía. Además, malicioso, imaginaba cómo estaría presumiéndoselo a Julia.
Sonó el timbre del receso y corrí a su salón. No estaba. La busqué en el patio principal, tampoco. Fui a la cafetería, menos. La encontré en las canchas deportivas. Ana tenía los ojos vidriosos y Julia revolvía sus manos en el aire. Las unían los audífonos de Julia y un poco las piernas de Ana. De pronto, sus bocas compartieron mucho más que un estribillo o el coro. Ambas entonaban para sus adentros y de memoria: “lo que más quiero en este mundo eso eres”.
Claro, pensé, que no lo separe el hombre pero ¿quién mencionó a la mujer?

El respeto al trabajo ajeno

Salgo con una hora de anticipación. Es tan lindo que después de un mes que estuviste fuera de la ciudad por fin vuelva a verte. El transporte tarda poco, abordo y pago la excesiva cuota sin observar al chófer que me sigue con la mirada a través del retrovisor. Identifico tres asientos libres. En dos, por mi estatura, es imposible que entre. El tercero está al fondo, al lado de un niño y su madre del lado izquierdo y un señor dormido del lado derecho, su cabeza rebota en la ventana. Mientras me acerco la madre aprieta al niño a su costado. Pienso de forma amable que abre campo para que no tenga dificultades de sentarme. Tomo asiento y caigo en cuenta de mi error: el niño no sólo aprieta el cuerpo al costado de su madre, sino el rostro entero como si estuviera llorando. La madre de ojos saltones, inyectados de un profundo recelo, no deja de mirarme. Hasta este momento me doy cuenta que ella no es la única: todos me miran. Revisar mi celular tan sólo para combatir el bochorno o abrir el libro que no traje pensando en las flores que te compraré. Si fuera un poco más impulsivo reclamaría públicamente la profanación de mi espacio o me bajaría en la siguiente parada, pero más bien soy tímido, una estatua de cobre que tiembla.
Ahora sube un payaso con sus largos zapatos multicolores, de pantalones anchos color rosa mexicano pegándole a fosforescente, camisa blanca desfajada con un chaleco negro encima remendado con telas de color verde limón que no ocultan su obesidad, unos lentes amarillos sin cristal y un cabello desaliñado de color naranja; su maquillaje está corrido por el sudor de hacer la misma rutina desde muy temprano en la eterna primavera. Varios ojos siguen sobre mí (la señora con el niño dormido sobre sus piernas a mi izquierda, por ejemplo), algunos ya acompañan la rutina del payaso y el señor a mi derecha duerme aún. Es horrible la reprenda de sus miradas, como si me hubiera robado algo o hubiera golpeado por accidente el bastón del anciano del primer asiento y esperaran que pidiera disculpas. A pesar del mal momento todavía puedo resguardarme en el mapa de los quehaceres: bajarme en el crucero, ir a la florería, comprar las peonías que tanto te gustan, volver a la parada y abordar la ruta que me lleve al centro.
En su rutina el payaso habla de música, creo, de su infancia, de su vida conyugal, de algo que tiene que ver con una relación homosexual que goza con el chófer. Algunas personas interactúan con el payaso, lo saludan y se ríen, otras no dejan de mirarme con severidad. La señora y el niño se han olvidado de mí. La cabeza del señor a mi derecha rebota aún en la ventana. Entonces me olvido un poco de todos, me doy un respiro y me enfoco de nueva cuenta en lo que realmente importa: llegar con tiempo, sentarme en una banca con sombra, guardarte el lugar, tratar de no mojarme el pantalón con las flores, esperarte sin mirar ni una sola vez el reloj. Y entre planes, interrumpiendo el momento en que te veía llegar y te abrazaba, la voz del payaso me habla a mí.
Primero lo ignoro. Una mueca revela que no me interesa nada lo que pueda decirme. Hay un amplio silencio y estos muchas veces son la muerte de cualquier espectáculo pero parece no importarle. Todos, ahora sí, y hasta el chófer me están mirando. Repite algo que no entiendo. Después de otro silencio largo vuelve a insistir endureciendo la voz. Ante mi indiferencia la gente comienza a protestar. Rechiflas y gritos ocultan el intento de sermón del payaso. El niño a mi izquierda se despierta, pregunta en voz muy alta qué sucede y parece que va a llorar. La señora intenta calmarlo
Es que éste imbécil, le dice sin sacarme la mirada de encima. Toda la gente coincide con la señora y se alzan las palabras
Inhumano, Insensible, Pendejo, Inconsciente, y hasta el chófer creo que dice algo. El bufón ya no dice nada, no se mueve, no trata de calmar a su enardecido público, parece que estuviera reflexionando sobre el sentido de la vida que le tocó vivir. Se me revuelve el estómago, hasta ese momento noto un olor horrible que turba el aire, que esquiva como yo no lo he logrado todas las injurias de la gente. La señora me codea el costado izquierdo
Ándale, cabrón, mira lo que has hecho, me dice y remata con otro adjetivo digno del momento: Sinvergüenza. Formulo dentro de mí las disculpas más sinceras que jamás he dicho y a pesar de que es demasiado tarde, comienzo a decir
Perdón, una disculpa, es que estaba distraído… Pero me callo apenas observo que algunas personas se levantan de su asiento, ofrecen su lugar al payaso que no se opone, le palmean la espalda, le preguntan si no tiene hambre, si no quiere agua, su nombre, dónde vive, cuánto gana, si no es huérfano, si no tiene novia, si se siente solo, si es la primera vez que le sucede esto, que no debe preocuparse, que deberían encerrarme en la cárcel, que soy un maldito monstruo.
Todo se vuelve inevitable cuando el señor que dormía a mi lado derecho de pronto se planta frente a mí
Quién te crees, ojete, quién chingados te crees, me riñe sin haberse enterado de nada. Muestro las palmas de mis manos pidiendo calma. Vuelvo a formular las mismas disculpas rechazadas otra vez por la gente. La señora y el niño se alejan cuando una horda de hombres furiosos comienza a rodearme. Antes de recibir el primer golpe pienso en ti. El segundo impacto me afloja el cuerpo y reparo en que la ruta está completamente inmóvil, que las puertas están cerradas por si trato de huir y que el chófer está entre el tropel que entre otras cosas promete enseñarme lo que es el respeto por el trabajo de los demás. El payaso llora entre los brazos de algunas mujeres que no han querido re partirme la vida, cuenta su versión de los hechos entre quejitos, alcanzo a oír algo parecido a
No saben lo que es vivir de esto, entre jadeos, como un niño que acusa a sus compañeros por haberlo excluido de jugar a las escondidas.
Y yo pienso en ti. No habrá flores. No veremos esa película gringa que nos recomendaron. No te veré (por fin, después de un mes) llegar al doblar la esquina y a lo mejor usabas el vestido que tanto me gusta. No te daré besos. No sé si pueda volver a verte después del primer golpe justo en el pómulo derecho que comienza a hincharse. No te abrazaré ya nunca porque he oído como se rompe mi primer hueso, justo entre el codo y el bícep, gracias al bastón del anciano del primer asiento. No te enojes conmigo. No te decepciones de mí. No te enteres jamás de que estoy bajo el asiento trasero de una ruta once, cubriéndome cómo puedo las patadas al pecho donde no recargarás tu cabeza, los puñetazos que buscan mi cara que no recibirá tus labios, el bastón que pica mi ombligo donde no jugarán tus dedos; las groserías, el escupitajo. No te enteres jamás que observo entre todo este tornado doloroso la sonrisa del payaso que ha terminado su función.

Arranque

Esteban se encontraba aburridísimo en aquella fiesta, su vaso a tope de refresco se ladeaba advirtiendo un monumental derrame sobre el pantalón. Parecía ensimismado, sus pensamientos no dictaban otra cosa más que inquietud. ¿Dónde estaría Agustín? ¿Con quién? ¿Haciendo qué? No lo veía entre la bruma de cuerpos y humo de cigarro que se zangoloteaba en la improvisada pista. Le ardían los ojos de sueño. No conocía a nadie más que a Agustín y a la festejada que tampoco la veía. Bostezaba y fingía sonreír cuando alguien se acercaba. Pensaba en el coche de su papá estacionado en la calle (préstamo sólo por esa noche mientras terminaba el trámite de la licencia), en algún momento tendría que asomarse para confirmar que seguía donde lo dejó. Le parecía una estupidez estar en aquella fiesta donde nadie los había requerido, sobre todo la cumpleañera, ex novia de Agustín.
La música cambiaba con agresividad, de una cumbia se volvía al rock, de éste recaían en la banda. Le parecía una malísima selección para una fiesta. Había más hombres que mujeres y las pocas que había estaban todo el tiempo acompañadas. Volvió a preguntarse por su amigo al tiempo que sorbía el primer trago de refresco. De entre la bruma de gente se abría una especie de túnel por el que emergía Agustín apresurado, cubriéndose el rostro y exasperado le dijo a Esteban
Larguémonos, ahora. Esteban no cuestionó la orden de su amigo, lo deseaba. Dejó el vaso en la mesa más próxima, tentó las llaves del auto en la bolsa del pantalón y trató de seguir a Agustín que parecía correr, muy atormentado, por un callejón a media noche. La gente no se inmutó, siguió festejando el cumpleaños de la ex novia de Agustín, que quién sabe dónde estaba.
En las escaleras Agustín tropezó dos veces. Esteban le preguntó si estaba ebrio. Agustín lo ignoró y continúo su paso acelerado hacia la salida. La madre de la festejada los encontró en el jardín, Esteban dijo que ya se iban y la señora les dijo Adiós sin quitarle los ojos al único que conocía. Los siguió con la mirada y presenció el titubeo de Agustín frente a la puerta, todo su cuerpo temblaba, sus manos parecían estar dentro de una licuadora y no atinaba a quitar el pestillo. Esteban intervino, sonriéndole a la señora que comenzaba a acercarse. Ya afuera, mientras Esteban abría el coche, le preguntaba a su amigo si se sentía bien, si le había sucedido algo. Agustín se instaló sin hablar en el copiloto. Esteban puso en marcha el auto y continuó preguntando
¿Qué te pasó, güey? ¿Dónde estabas? ¿Con quién? ¿Qué hacías? Me dejaste solo y yo no conocía a nadie, te pasaste bien cabrón. Cuéntame qué tienes, no te notas bien. ¿Quieres que te lleve a Urgencias? Respóndeme, güey.
Cállate, dijo Agustín abruptamente.
Esteban obedeció sin decir nada. Por el rabillo del ojo observaba a su amigo, algo no andaba bien, desde que se conocían Agustín no había tenido estos arrebatos coléricos. Su amigo parecía pensar, acordarse de algo, pues apretaba el puño y los ojos, y se pasaba las manos por el cabello. Miraba tras la ventana, sus ojos vidriosos perseguían en el recuerdo cientos de imágenes que lo atormentaban. Oscilaba en el asiento del copiloto, como si fuera a vomitar. Un teléfono sonó.
Agustín comenzó a berrear como si le hubieran encajado un cuchillo por la espalda. Esteban frenó el coche del susto. Se orilló.
¿Qué hiciste, Agustín? ¿Qué hiciste, pendejo?
Una patrulla pasaba en ese momento, pero ni siquiera los observó. Agustín pataleaba, se daba manotazos en el rostro, quería sacarse los ojos.
Ahora mismo me vas a decir qué hiciste, cabrón, insistía Esteban.
El celular dejó de sonar unos instantes. Agustín miró a su amigo, era la primera vez que lo miraba directo a los ojos quizá en toda su vida.
La maté, dijo. Y el celular volvió a sonar.
Esteban sacó del bolsillo de Agustín el teléfono. Llamaban de la casa de su ex novia. Contestó. Del otro lado la madre también berreaba, se oía la voz un hombre detrás de la señora. “Te vamos a matar, pendejo, te vamos a matar”, decía la voz. La patrulla venía de regreso, esta vez se percató del automóvil mal estacionado con dos sujetos dentro. Echaron las luces. Esteban dijo al teléfono
Señora, estamos en la avenida. Hay una patrulla frente a nosotros y Agustín está aquí. La traición hizo emerger con júbilo la pierna de Agustín directo al acelerador. Todo ocurrió en un pestañear.
Se reportaron dos oficiales heridos de gravedad, un coche con perdida total y dos jóvenes muertos. Ninguno en estado etílico.

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