¿CIUDAD INFIERNO O PARAÍSO TERRENAL?

Por Amaury Colmenares

Por Davo Valdés

||| Llegué hace 15 años a Cuernavaca, justo cuando empezaba el nuevo milenio. Todavía en esos años la gente visitaba Tepoztlán y compraba postales con ovnis sobrevolando el Tepozteco porque creían que era una zona de avistamientos extraterrestres. Una de las cosas que me aterraba de la ciudad eran los secuestros. Los plagios eran noticia nacional y el estado encabezaba el ranking de crímenes violentos (y no, no estoy hablando de Cuernavaca actual aunque lo parezca), así que sospechaba que todos eran potenciales secuestradores. Mi madre no lograba hacer que yo saliera ni a la tienda. Además debo confesar algo. No vivía en Cuernavaca sino en un municipio aledaño llamado Jiutepec cuya toponimia es «en el cerro de las piedras preciosas», aunque ya no queda nada de eso y ahora es un sitio famoso por ser guarida de sicarios. Para mí siempre ha sido la provincia de los estacionamientos vacíos.

Tardé algunos años en conocer realmente Cuernavaca. Viajaba una hora y media todos los días para ir a beber café en la pequeña librería-café al interior de la Casona Spencer. Luego salía a caminar bajo el sol. Con el tiempo comencé a relacionarme con los artistas que visitaban el mismo café, especialmente con Jorge Garibaldi, pintor que trabaja a partir de fractales (y del cual escribiré pronto). Recuerdo que en esos años el máximo sueño de los artistas jóvenes era irse lo más pronto posible de Cuernavaca para conquistar alguna de las grandes ciudades: DF, Tijuana, Guadalajara. Nunca comprendí la urgencia. Conforme tuve dinero, más edad y menos miedo comencé a viajar al interior del estado, a municipios más lejanos y descubrí que no podría abandonar estas tierras.

El vocablo proviene del nahuatl y significa “lugar cerca de los árboles”. Francisco Rebolledo, autor de Rasero (también de Cuernavaca), dice en su magnifico libro, Quauhnáhuac: un bosque de símbolos, que en La Divina Comedia, Virgilio encuentra la entrada al infierno a un costado de los árboles y por lo tanto Cuauhnáhuac podría ser ese lugar, la apertura al inframundo. Lowry mismo, lo vio en carne propia.

No suena tan disparatada la idea de que la ciudad tenga algo de diabólico. Recuerdo que durante la carrera leí El tratado de hechicerías y sortilegios de Fray Andrés de Olmos. En algún pasaje relata las ocasiones en las que se enfrentó al demonio. Una fue, precisamente, a las puertas de Cuauhnáhuac en donde disfrazado de “hombre tecolote”, engañó a la gente de la ciudad para que salieran a recibirlo con loas. Por eso se burló de ellos el Diablo. «Ojalá que despierten ustedes bien, ojalá sean prudentes», advierte el sacerdote a los habitantes de Nueva España,porque para él, el Demonio ya había abandonado Europa para buscar adeptos en el nuevo continente».

 

Lowry’s working sketch of Quahnahuac, courtesy UBC Special Collections.
Lowry’s working sketch of Quahnahuac, courtesy UBC Special Collections.

 

Texto publicado originalmente en Tierra Adentro

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