El Pavaroti

Por Amaury Colmenares

||| El Pavaroti es eso que se le ha caído a la ciudad. Una costra, una pelusa, algo que la recorre con completa naturalidad. La ciudad es su casa y eso es mucho decir. Duerme en medio de la calle, frente a la Comex, semidesnudo y nos tolera mientras come en su escalón. Las civilizaciones nacieron junto a las aguas, ese flujo fértil que posibilitaba el transporte y los alimentos. Ahora, la aldea de vagabundos semisedentarios ha elegido avenida Morelos para pernoctar, beber y pescar unas monedas de ese flujo de autos lentos en el embotellamiento.

Barrigón y vestido de negro (aunque las prendas no lo sean, terminan engrasadas lo mismo que su cara y sus bultos) el Pavaroti deja un hálito de olor por donde pasa. Es un ser complejo, interactuar con él no es sencillo. Él mismo impone un trato (no es más que un vagabundo que bebe en la calle, que muestra más carne de la debida, que pide dinero) pero también lo imposibilita cuando se pone a leer.

Todos los días (o casi) el Pavaroti lleva su vasito de monedas, cuando alcanza un contenido propicio, a alguna de las librerías de la avenida. Entonces deja sus bultos en la entrada y se pone a rebuscar en los estantes. Pasa un buen rato comparando títulos, hojeando posibilidades, midiendo precios. Cuando se decide, mira al dependiente, voltea el vaso y discrimina metales hasta dejar sólo la morralla necesaria para pagar su lectura. Luego se va. A leer.

Hay a gente a la que su mera presencia le ofende, pero hay a quienes les fascina. Es fascinante ver cuando dos extremos se tocan. Hay dos maneras de alcanzar la estabilidad: una es la renuncia de los extremos, uno no es ni vagabundo ni erudito lector, simplemente es alguien que lee un poco; pero existe otra, antizen, que es la de abrazar los dos extremos y ser las dos cosas para no ser en realidad ninguna de las dos, sino un híbrido. El Pavaroti es un vagabundo, pero también realiza una actividad que pocos en el país y que es el símbolo de la ilustración: lee. Es las dos cosas pero no es ninguna.

¿Qué hace el Pavaroti cuando se sienta a mirar y hojear sus libros? La pregunta compromete la definición misma de leer. ¿Cuándo uno está leyendo y cuándo sólo mirando hojas impresas? ¿Hay que comprender para leer? ¿Leer es comprender las letras o simplemente pasar los ojos sobre ellas? Para un analfabeta, las letras son símbolos y algo le dicen… ¿eso es leer? Si al Pavaroti lo que le gusta es esa colección de pequeños caracteres y no lo que significan ¿por qué compra más libros, por qué no los prefiere ilustrados, por qué los compra de temas tan variados como cocina, aretes marciales y filosofía?

Todos esos contenidos procesados en una sola mente producirían al hombre más ilustrado y mejor acondicionado para la vida. Hace pensar que si no es el afán de coleccionarlos, sino el de darles el uso más obvio (leerlos), algo hay en la vida actual del Pavaroti resultado de esas lecturas. ¿Será esa La Vida del hombre más sabio?

El problema es que el Pavaroti no transmite, es un canal cerrado, como una piedra en un arroyo. Habla pero balbucea, con esa combinación de agudos casi incomprensibles que hacen tan irónico su apodo. Eso, lo que lee y, mucho más importante, lo que interpreta, está ahí encerrado, en un rincón de la memoria menos usada, menos traída a colación con la interacción con el exterior. ¿No podría ser un buda, un asceta habitando el vacío? Estatuilla callejera, el Pavaroti se repite a diario mientras uno pasa dándole o no una moneda, aspirando o no su humo o sus humores.

La novena lámina de los arcanos mayores del Tarot de Marsella es L’Hermite (El Ermitaño), anciano sabio que nos ilumina o bebedor andrajoso que nos engaña. Puede ser entonces un asceta o un teporocho, pero siempre representa un extremo antes del cambio, la crisis, la madurez e incluso la protección. Ahí está el Pavaroti, esperando a que alguien le pregunte. Aunque siempre es más fácil darle una moneda.

Si es usted un defensor de la lectura, dele una moneda para que le enseñe a los demás una lección sobre educación personal; si usted es un cínico, ofrézcale su morralla y obligará a un par de libreros a atender a un hombre apestoso; si es usted un amante de los piantados, derrame un poco de su cambio en su vasito y trate de platicar con él, no sea que se ilumine también y lo acompañe en la esquina a guardar todo lo que cree saber.

 

1 comentario

  1. Detrás De Pavaroti hay una historia que es real y la otra que la construyen los rumores de la gente desde hace décadas. Pavaroti si sabe leer y escribir, tiene un techo que es el cielo y un padre que canta,de ahí viene su apellido, Dueño de ollas llenas de monedas y libros, añejas historias que lo confunden y lo alimentan porque piensa que es él y las hace propias.Guarda celosamente sus sueños en un departamento que es real, que existe.Ya no conversa porque se le acabaron las palabras y los escuchas que no se burlen de lo que sabe o cree saber, de los análisis que hace de la vida, de nuestra vida,de su vida. Vaciemos no solo monedas a su vasito de plástico, sino también una esperanza que en su mundo todo marche bien

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