Fábrica de bombillas, focos y otras luminarias

[vc_row][vc_column][vc_empty_space][vc_column_text]

Fábrica de bombillas, focos y otras luminarias

Escrito por Amaury Colmenares
Ilustrado por Abraham Villaseñor

[/vc_column_text][vc_empty_space height=”20px”][vc_separator color=”black” style=”dashed”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][mk_image src=”http://ruinatropical.com/wp-content/uploads/2017/06/portada.jpg” image_width=”511″ image_height=”420″ align=”center”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/6″][/vc_column][vc_column width=”2/3″][vc_empty_space height=”20px”][vc_column_text]Comenzaba a llover cuando salió del café. Dentro, los cristales dejaban pasar sólo la imagen de los autos que se iban alejando por la avenida, formando una hilera de luces rojas hasta perderse en ese punto de fuga verde, amarillo o rojo que quedaba justo bajo el gran letrero azul del supermercado. No entraba sonido alguno, lo que aumentaba la impresión de limpieza, de pureza del lugar. Las luces blancas pero todas indirectas, el leve ronroneo de la registradora, el ruido de monedas o de niños que pedían dulces o agua, pero nada del exterior, ni un claxonazo.

La tienda olía muy bien porque también era una panadería. Además, vendían comida sencilla: sánduiches, tortas, pizzas, ensaladas y otras cosas mexicanas que jamás pedía (molletes, enchiladas y de nuevo tortas pero de otras cosas). Nada mejor que tomarse ese café sorpresivamente espeso y dulce mirando cómo afuera el viento sacudía los árboles y enturbiaba el cielo sobre el gran letrero azul, que de un momento a otro, se iluminó. Pidió la cuenta en ese instante, se hacía tarde. Le gustaba trabajar de noche.

Atardecía cuando entró a su hangar. Afuera las gotas sonaban suaves al caer y ser absorbidas por el asfalto tibio, por la tierra, por la copa de los árboles o la tela. Dentro de su hangar industrial resonaban revelando la gravedad de su caída, magnificadas por el vacío de la bóveda oscura de metal y fibra de vidrio. Era fácil confundir el hangar, así en la oscuridad, con una noche oceánica. Por eso le gustaba trabajar de noche, porque recordaba la importancia de la luz. La oscuridad bramaba como lo hacía cuando el hombre era primitivo y no tenía manera de salir de lo desconocido, de hallar resguardo o defensa de lo que acechaba sin ser visto.

Sonreía cuando oprimió el interruptor. El hangar se iluminó. Pero eran las sombras lo que importaba: los muros se llenaron de siluetas de personas, de muebles, de grandes máquinas. Algunas se movían, otros platicaban, a veces brincaban cosas en una esquina. Eran sombras falsas que parecían salir de objetos existentes en el lugar pero que no correspondían con la realidad. El moblaje material era pobre. Ahí donde una sombra sugería un gran mecanismo, existía tan sólo la mitad. Ahí donde una persona parecía trabajar, había una silla vacía. Era la rutina, y estaba diseñada para pasar desapercibida, por eso para él era natural. Pero en realidad el juego de sombras era eso, sólo un juego. Lo que iluminaba al hangar valía más por las sombras que arrojaba que por lo que alumbraba. El inmenso foco pendiente de la bóveda estaba hecho para confundir la vista, estaba poblado de formas sin sentido que producían una fábrica bien distinta a la que en realidad se asentaba en el hangar. Era una fábrica de contrastes, donde se hacían focos.

Miró hacia arriba cuando sus ojos se cansaron del trabajo. Contempló deslumbrado su sol interno, el teatro instalado en el techo, que de caer, destruiría todo con una gran explosión. Un riesgo que valía la pena aceptar. Cuando lo había fabricado no imaginaba que ese sería su oficio. Le había tomado tres años y la mitad de su fortuna formar aquel portento de cristal, metal y cartón. Había ensayado en su memoria el patrón correcto, el revoltijo de figuras abstractas que producirían por fin la imagen de la fábrica. Ahora podía vivir instalado en su recuerdo. Aunque el fin de la luminaria era no ser notada, le enorgullecía su cristal grueso, su manufactura perfecta. Para fabricar aquella mole había tenido que, primero, aprender a usar la maquinaria y luego modificarla, sacarla de la rutina de la producción en serie para poder crear un foco especial, el suyo.

producción en serie para poder crear un foco especial, el suyo.

Terminó el encargo de la semana cuando paró de llover. Sonaban apenas algunas gotas que caían del cielo del hangar. Ya la noche había disuelto la vida en las calles. Tenía frente a sí un foco nuevo. Estaba feliz de poder ser parte de la historia, de salir de su pequeña fama de clientes satisfechos pero excéntricos y outsiders para entrar de golpe en lo que seguramente sería al principio una celebridad anónima pero más detallada después -en los libros de historia, se repetía sonriendo. Era un foco especial, diseñado para alumbrar la muerte. Esta luz no era para el uso del dueño, sino para los observadores. Un grupo extremista le había encargado una lámpara inmolatoria. Él la había bautizado así, ellos le habían pedido simplemente “algo que lo haga destellar antes de reventar”. Le habían proporcionado los materiales explosivos, entregados puntualmente por una paquetería especial a la puerta de su hangar, y las vagas instrucciones. Eso también era excepcional, por lo general sus clientes no exponían los requerimientos del producto, sólo sus necesidades. Pero estos le habían dicho: “queremos algo que lo haga destellar antes de reventar y que no haga ruido”. Lo de la explosión era labor de los clientes. Lo del cuerpo destellante, su trabajo. ¿Cómo hacer que un cuerpo se convierta en un foco? Fabricó la bombilla, del tamaño justo para poder ser tragada llegado el momento. Luego analizó los componentes explosivos y los materiales con los que normalmente contaba. Buscó reacciones propicias y posibles trucos visuales durante días. Imposible. La luz debía ser tan fuerte que traspasara el cuerpo, como un niño alumbrándose la mano con una linterna, creyendo ver sus huesos. Pero empacar todos esos materiales en una esfera de cinco centímetros de diámetro no era sencillo. Entonces fabricó una tira larga de cristal fino, una especie de serpiente que entraría por la boca, se deslizaría fácilmente por el tracto digestivo y se alojaría, lo suficientemente larga, en el estómago de la persona, que tendría el interruptor a una fuerte tos de distancia. Cualquier movimiento brusco del abdomen accionaría el mecanismo. Entonces cables, pólvoras y componentes eléctricos y químicos comenzarían a bullir, brillando. Finalmente la luz lo traspasaría, con suerte cegaría a algunos, para dejar paso a la explosión del cuerpo. Debía ser silenciosa para que las últimas palabras del hombre fueran audibles, porque serían las primeras de una nueva rebelión. Una rebelión que, según sus próceres, acarrearía un nuevo modelo de sociedad… pero eso le interesaba poco. Lo que a él le interesaba era ser recordado en largos análisis académicos de las fórmulas y mecanismos empleados en la fabricación de la luminaria humana. Eso y crear el artefacto. No podía creer que la gente, la mayoría poseedora de manos, ojos y sistemas motrices, viviera como vivía. ¿Cuándo había pasado de moda el aprecio por los materiales? ¿Por qué tenían todos que conformarse con un par de aparatos eléctricos hermosos, mientras que el resto de sus vidas transcurría en mediocres escenarios?

Cuando lo vio por televisión, hacía poco tiempo que lo había enviado. Bien embalado, con algodones y burbujas plásticas, envuelta la caja en papel azul, lo había recogido el mismo servicio de mensajería. El sol se había metido ya cuando inició el noticiero, y él acababa de ordenar su comida. Los autos pasaban con las luces encendidas, inútiles en la tarde todavía blanca, mudos gracias al cristal que protegía a los clientes del exterior. La calle lucía su prosperidad de jardines floridos y detalles de roca y herrería, pero era una mentira: ocultos de la vista, los pobres (niños trabajadores, hombres apagados, madres descuidadas) iniciaban el éxodo a casa cuando los dueños de la zona apenas se preparaban para salir a pasear.

La voz de la comentarista dominó el entorno:

~Espectacular inmolación en México sorprende a todo el mundo. Un manifestante, perteneciente a un grupo hasta ahora desconocido, realizó un atentado dentro de la Cámara de Diputados. El joven, de aproximadamente veinte años, logró burlar la seguridad del recinto y subió al pódium para recitar a media voz un mensaje. Instantes antes, había introducido en su boca un objeto extraño, según testigos, parecido a un plátano de cristal. Al recibir la respuesta de un diputado, comenzó a reír a fuertes carcajadas, para luego comenzar, literalmente, a brillar. Especialistas aún se encuentran analizando el fenómeno, aunque aseguran que no se trata de un truco visual o algún defecto de las cámaras de seguridad. Por otro lado, los presentes que han podido brindar su testimonio aseguran que, después de reír, el hombre comenzó a iluminarse. A decir de los testigos, pudieron incluso ver las sombras de sus vísceras. Momentos después, una luz cegadora fue seguida de una potente explosión que dañó el inmueble, cobrando la vida de un número aún no establecido de personas…[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/6″][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][mk_image src=”http://ruinatropical.com/wp-content/uploads/2017/06/atentado.jpg” image_width=”1207″ image_height=”1117″ crop=”false” hover=”false” align=”center”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/6″][/vc_column][vc_column width=”2/3″][vc_column_text]

Transmitieron el video completo. Las cámaras del Canal del Congreso filmaban una sesión aburrida pero importante, muy concurrida y animada. En un momento de distracción (abajo, en las tribunas, dos diputados se peleaban, mientras una tercera los fustigaba con una carpeta) un hombre joven y sencillo, casi imperceptible, subió al pódium. Se plantó frente a la mesa del director. Comenzó a hablar palabras perdidas por la falta de micrófono, palabras que los ahí presentes escuchaban claramente pero que los televidentes iban a perderse. Los legisladores comenzaron a hacerle caso, al parecer en el instante en el que grito la palabra ‘bomba’. “Bombilla”, corrigió el fabricante pegando los labios a su taza de café. La pelea legislativa paró: el hombre ahora gritaba. En un momento pareció exigir una respuesta, pues guardó silencio y miro alrededor. La voz de un diputado del pódium (algún comisionado, secretario o coordinador) le respondió, bien claro para los televidentes por poseer un micrófono: “Este no es un concurso de la tele, wey, ni tampoco cumplimos deseos. ¡Nosotros hacemos leyes!”. Entonces el joven comenzó a reír. Sus carcajadas se distinguían en el audio del video, sobre las carcajadas más sonoras de algunos diputados. La cara roja, tensa, unas lágrimas se mezclaban con sudor en el rictus: el joven se arqueó, pasó de estar rojo y convulso a paralizarse con una sonrisa dolorosa, su piel comenzó a hacerse blanca, luego azul, luego gris, luego comenzó a brillar. Parecía ser color dorado, luego fue provocando sombras. Los diputados lo miraban con las manos frente a los ojos. De un momento a otro su piel fue adelgazándose para dejar paso a una coraza de luz, su ropa comenzó a caer hecha jirones, flotando en el aire ardía. Un nimbo de fuego cubrió al hombre de luz mientras su cabello y el resto de la tela ardían. Luego el presidente diputado y los coordinadores quitaron rápidamente las manos de las mesas, que se estaban calentando. Un resplandor comenzó a absorber la imagen del televisor, las letras doradas con nombres ilustres comenzaron a fundirse. Cuando la luz se hizo más brillante, los cuerpos comenzaron a desaparecer. Pronto todo fue blanco, algunos alaridos demostraban que la cinta seguía corriendo, que no la habían detenido, que no se había acabado. Un instante después, cuando la imagen regresó y regresaron las formas y los colores, sólo quedaban en las butacas las siluetas marcadas de los muertos, y en el pódium, en el centro del círculo negro, una barra hueca de cristal. Las cámaras, que siguieron grabando, tenían ahora un punto ciego, gris muy oscuro, ahí donde había estado a foco la lenta explosión.

Todos guardaban silencio en el restaurante, como si se hubieran quemado también, o se hubieran iluminado. “Nunca olvidaremos su sonrisa”, comentó alguien en voz muy baja. Pero el joven revolucionario no había aprovechado el silencio, no había dicho nada.

A veces le costaba trabajo estar solo. Pensó en hacer amistad con la mesera, con la cajera o el muchacho que limpiaba los pasillos. Se le ocurrió un foco que sirviera para hacer amigos y sacó su cuaderno. Anotó los esquemas, esperó a que las luces de los autos se encendieran, a que el letrero en el horizonte brillara azul.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/6″][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_empty_space height=”60px”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]

Otros productos entregados

[/vc_column_text][vc_separator color=”black” style=”double”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_empty_space height=”50px”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/2″][vc_column_text responsive_align=”left”]

Foco para un desesperado

Ensaye la paciencia con este artefacto.

Sus cristales contienen el fino mecanismo de un reloj preciso, pero desordenado. Dará la marca de acción, indicándole el momento en el que usted puede actuar, pero de manera aleatoria. Si tiene prisa, no salga sino hasta que su bombillo lo indique con un hermoso resplandor azul. Espere a que esto suceda, tenga la confianza de que el mecanismo funcionará. Por más que mire el interior confuso de su burbuja mecánica, no podrá adivinar cuánto falta para la señal. Simplemente haga otras cosas, o converse con quien tenga a mano. Verá cómo al final todo parece tener un orden más coherente.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/2″][mk_image src=”http://ruinatropical.com/wp-content/uploads/2017/06/desesperado.jpg”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_empty_space height=”50px”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/2″][vc_column_text responsive_align=”left”]

Foco para un inseguro

Llegue al punto más alto del planeta al que tenga acceso. Si en ciudad, un rascacielos, si en campo, una montaña. Instale ahí la bombilla, introduzca ahí una parte de la parte de usted que más inseguridad le provoque (si su apariencia, un cabello, si su sexualidad, su semen, si su intelecto, una palabra escrita) y enciéndalo. El mecanismo con celdas solares y la pequeña hélice permitirá que, para siempre, su bombilla encienda cada veinte segundos. La luz será dorada, muy brillante, y quien pase por abajo podrá ver algo como una estrella o un avión ahí arriba. Haga su vida normal. Eventualmente, y sobre todo en situaciones en las que aflora su inseguridad, recuerde su bombilla, piense en ella, encendiéndose cada veinte segundos en lo alto, manténgala en su mente intermitente mientras actúa. Verá como usted se eleva a los ojos de los demás.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/2″][mk_image src=”http://ruinatropical.com/wp-content/uploads/2017/06/inseguro.jpg”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_empty_space height=”50px”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/2″][vc_column_text responsive_align=”left”]

Foco para un viajero

Abra el mapa del mundo que incluyo. Tome su esfera cristalina, encontrará que dentro existe un motor de pesos y contra pesos. Enciéndalo con el pequeño botón de goma. Verá la luz, sentirá la vibración. Deje el foco en el mapa, que será recorrido durante unos segundos. El foco se detendrá en un punto, alumbrando otro punto. Esos dos puntos son el destino y el lugar de salida de su próximo viaje, el número de parpadeos de la luz, los meses que deberá tomarse en él.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/2″][mk_image src=”http://ruinatropical.com/wp-content/uploads/2017/06/viajero.jpg”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_empty_space height=”50px”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/2″][vc_column_text responsive_align=”left”]

Foco de inmortalidad

Si teme a la muerte y desaparecer del reino de este mundo sin más, traiga siempre con usted esta bombilla. En el momento de su muerte (puede ser mañana, atragantado con una uva, dentro de unos años, arrollado en el campo, o devorado por los animales en tres décadas) enciéndalo. Su material es virtualmente indestructible. Contiene una celda solar y un motor de movimiento. Si usted arrojara la bombilla al momento de expirar por una ventana o por la misma calle en que lo ha aplastado un toro, queda garantizado que ésta rodará por el mundo para siempre, encendida en un tono agradable y curioso, en recuerdo de usted y como su sustituto en el devenir.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/2″][mk_image src=”http://ruinatropical.com/wp-content/uploads/2017/06/inmortalidad.jpg”][/vc_column][/vc_row]