Loquera Morelense: We Are Old Wave

Poco después de que este texto se publicara (septiembre de 2015), We Are Old Wave cambió su nombre a Old Wave. Unos meses más tarde se desintegró. Por su parte, el Foro Cultural Pepe el Toro cerró sus puertas hace algunas semanas por razones que siguen siendo un misterio. Naturalmente, aunque a nadie le conste ni se sepa nada de ellos, ambos proyectos, de algún modo, amenazan con volver.


| Diego Gama | Ilustraciones: Alex Pina |

Conocí a We Are Old Wave poco después de que yo decidiera formar una nueva banda. La anterior, “Manuel Calavera”, se había ido al carajo por un lío de faldas. Habiendo depositado altas expectativas en el sonido de Manuel, la separación me había dejado con una repentina sensación de vacío; a pesar de la promesa, todo esfuerzo era efímero, trivial. Era 2013. Una de mis amigas rentaba un departamento en lo alto de la calle Degollado. Fui a visitarla, y sentado con ella en la sala, entre cuadros de Mafer Lara, vi abrirse una puerta, de la que salió una de esas contadas mujeres inconfundibles que, en días soleados, uno puede ver caminando por la calle, pasando de largo, ignorándolo todo e ignoradas por nadie excepto por la necesidad de mirar a cualquier otro lado, antes de perderse de vista. Momentos después apareció de nuevo y cerró la puerta tras de sí. Ella y su hermana eran las roomies de mi amiga. Unas semanas más tarde, en esa misma sala, yo sostenía una cerveza paseándome dificultosamente entre un mar de gente como invitado a su fiesta de disfraces, disfrazado de mí mismo. En algún punto de la noche, ya inmerso en una atmósfera de misterio lista para las revelaciones, ella y su hermana bailaban, disfrazadas como Leeloo del Quinto Elemento y un catrín, al ritmo de Die Antwoord —una banda que, añádase al sobresalto, conocí en ese mismo instante—, como si su capacidad para asombrar a las personas sencillas fuera un esfuerzo premeditado. “Tienen una banda”, me dijo mi amiga. Entonces me presentó a Francisco Martínez, voz y guitarrista del grupo. Lo que vino después fue pura inspiración.
Así como Akapulke es la encarnación del punk y Monodram lo es de la tenacidad, We Are Old Wave es el representante terrenal de la idea de lo “cool”; lo suave, lo relajado, aquello que es naturalmente llamativo, fregón sin demasiado esfuerzo. Después de ganar el Festival PULA en diciembre de 2014 con un concierto en el bar Kingdom, un productor defeño se los llevó a la capital para grabarles una canción y subirla al sitio Spotify. Eligieron “Macaulay Culkin”, una oda desenfadada a la estrella de “Mi pobre angelito”. Pero la oferta posterior de dar el salto a las grandes ligas resultó ser muy poco seductora.

We Are Old Wave
— Ganamos de manera graciosa. Fuimos perdedores con suerte —dice Angie, la guitarrista de la banda, una mujer que lo mismo puede tocar jazz, balcánico o, en palabras de Francisco, “lo que sea que toque We Are Old Wave”.
— Es rock, es rock lo que sea, pero es rock,  —responde Angie.
— Quedamos en segundo lugar en nuestra eliminatoria —agrega Francisco. Estamos en la nueva casa de las hermanas, muy cerca del Palacio de Cortés, rodeados de stickers, más pinturas de Mafer Lara y un monedero de tela confeccionado en forma del rostro de Cerati—. En la otra eliminatoria, la banda que ganó no quiso aceptar el premio. Entonces el tipo que organizó el concurso nos vio como una mina de oro y nos pasó al primer lugar. Pero con el paso del tiempo nos dimos cuenta de que no era lo que queríamos.
— Quería ser como nuestro manager, pero quería cambiarnos un chingo de cosas. Y se veía tranza, ¿verdad? ¿Te acuerdas ese día cuándo nos llevó hasta Cuatro Caminos? —dice Angie mientras toca escalas en su guitarra.
— ¡Nos llevó en una combi! Pasamos por un barrio bien trácala… Angie bajó con todos los santos del mundo. El estudio estaba bien, estaba chido… pero creo que somos de esas personas que no se dejan deslumbrar tan fácilmente. Angie y yo platicamos luego y dijimos que no le queríamos entrar. Y pues ahora estamos aquí. Empezando de nuevo.
Cuando entré a la sala del nuevo departamento, terminó un periodo de siete meses en los que no supe nada de ellos. Solía verlos en carteles, compartiendo escenario con otras bandas locales, pero no había podido ir a escucharlos. La única nueva y sórdida noticia la recibí un par de semanas antes, cuando encontré a Alondra, Leeloo, en el Pachuco Rey, y le pregunté cómo iba la banda.
—Llegó el momento en el que las cuestiones de la banda y las cuestiones de su trabajo ya de plano no le permitían estar —dice Adi, su hermana, conectando cuidadosamente su bajo—. Un día no pudo estar con nosotros. Y ya de ahí, mejor…”
No tuvo tiempo para acompañarlos al D.F cuando grabaron “Macaulay Culkin”.
—Ese día era importante y no fue a grabar —agrega Angie—. Nos apoyó Jules, que siempre ha estado ahí con nosotros. Ya no tenía tiempo.
—Cambiamos de baterista y a Alondra, por sus tiempos. Extrañamos a Alondrita —admite Francisco—, pero ella tiene otras cosas por ahí. Bateristas no nos duelen tanto, porque hemos tenido como cuatro: Chato, que le seguimos teniendo amor, pero no tiene nuestro rumbo de vida, supongo. Luego tuvimos a Pal, que era muy linda, la queríamos mucho; ¡trajo su batería eléctrica desde Alpuyeca!, pero un día necesitó buscar un trabajo. Rodrigo también. Ahora el bueno es Elton. “El Toño”… Antonio Elton.

And I know we had a blast
And I know that’s now in the past
Thinking things is easy
But taking steps is hard
But nothing is in vain if you try

 Angie mira la pecera con tortugas, y sonríe.
—Si pudiera ser un animal, me gustaría ser una tortuga… Si la gente las molesta se meten a su caparazón ¡y ya!
—No puedo hacer prender mi ampli… —dice Adi desde detrás del amplificador, buscando hacerlo funcionar. El cable de corriente no responde.
—Se puede con el del Xbox —le dice Francisco—. A menos que Bill Gates sea mamón…
Está comprobado que lo es.
— ¿Entonces cómo le hacemos?
— ¡El del horno de microondas! —resuelve Adi, enfilando hacia la cocina.
La luz del amplificador se prende, y sentados en círculo, practican una sesión sin batería de “Técnica”, “Verano” y “Correr”, las tres canciones más recientes, además de “Surfer Blood” y “Parkour” para complacer al invitado.
Cuando estrenaron “Surfer Blood”, su primera canción, en Puente de Ixtla, We Are Old Wave era un power trio: Francisco, Adi y Chato. La compusieron en el departamento de Degollado. El día de la tocada la canción seguía sin tener letra. Antes de salir rumbo al sur, Francisco se sentó a escribirla en el sillón de la sala mientras Adi se daba un baño. Llevaron su ola a la tierra del calor infernal y la gente respondió muy bien, “probablemente porque éramos la única banda en Puente que no tocaba covers”, teoriza Francisco. Recostado en el suelo, intenté recordar junto con Francisco cómo fue que terminé en esa fiesta de disfraces hace casi tres años.
—A esa fiesta llegaste porque ¿te acuerdas? te encontré con Angie en la plazuela y te dije: ¿qué vas a hacer? Y me dijiste: “nada” —debe tener razón—. Te dije que iba a haber una fiesta en donde ensayaríamos y te invité.
Recuerdo haber hecho tiempo toda la tarde para escucharlos por primera vez. También recuerdo que, antes de conocerlo, solía encontrármelo caminando a la salida de la Universidad cuando yo entraba. Levantábamos la vista y nos identificábamos como el respectivo inadaptado de su generación, y como inadaptados consumados, ninguno tomó la iniciativa de saludar al otro. Hace pocos meses se mudó al Distrito Federal, también por cuestiones de trabajo. Sólo viene los fines de semana a Cuernavaca, intentando encauzar el proyecto que tiene con Angie, Adi y Elton. Lo que sucede es que, últimamente, la vieja ola ha circulado bajo los caprichos de una tormenta estacional.
— En estos días hemos estado teniendo problemas internos. Quiénes queremos ser, hacia dónde vamos… porque ya llevamos mucho tiempo. Vemos que muchas bandas evolucionan, y creo que en parte es nuestra culpa. Vemos que, por ejemplo, las Fake Fémina van avanzando muy chido; ya se rifaron en el Caradura del D.F y se van para el Cervantino… Creo que somos una banda muy fresa para el D.F y muy rara para Cuernavaca. Yo soy como muy desordenado. Me gusta la música desordenada. Angie es una persona extremadamente multifacética, aunque ella tal vez no lo acepte, pero toca en bandas de diferentes géneros, con Las Camisas de Cuadros, jazz, con Mandorla, gitano, y luego nos tiene a nosotros, que tocamos… rock, supongo, no sé qué tocamos…pero definitivamente no es pop. Angie es de escuela, está muy acostumbrada a la perfección: que todo suene limpio, que todo vaya a ritmo, que todo se escuche a la hora de tocar. Adri es un poco más abierta a otros ritmos y yo estoy acostumbrado a lo mugroso. Hemos estado chocando porque Angie piensa que deberíamos sonar más claro en vivo, hemos peleado mucho por eso. En la última tocada en El Barecito, mi voz y mi guitarra sonaba muy sucia, A mí me fascinó, me encanta cuando las cosas suenan así. El concepto que tratamos de imprimir es la suciedad, que viene por mi parte, y la perfección, de parte de Angie. Yo uso siempre un pedal que suene sucio, y Angie toca siempre sin pedales, porque le gusta sonar limpio. Hemos estado así, sin evolucionar. Quizá somos muy pesimistas respecto a nuestro proyecto, pero hay bandas con una identidad muy definida. Nuestras diferencias han chocado. Esos son nuestros problemas. Ya estamos platicando para formalizar nuestra crisis existencial y ser limpios y sucios a la vez.
Ese no es el único dilema de We Are Old Wave. Ya han superado otros en el pasado. Uno de ellos tiene que ver con las letras de Francisco, al principio en inglés, y con el paso del tiempo, en español.
— Yo creo que todo viene de una influencia muy extraña. El inglés es porque somos una generación que creció viendo Mtv, y en Mtv ¿cuándo pasaban videos de bandas mexicanas? Creo que los Strokes fueron quienes me quitaron mi virginidad musical. Cuando los descubrí, mi hermana sintió que me olvidé de ella porque me separé muy cabrón de su onda con los Backstreet Boys. Te educas escuchando música en inglés, y en ese momento en tu cerebro joven crees que el escribir en inglés te va a abrir las puertas más rápido, y luego te das cuenta de que es un idioma muy fácil para escribir. “Sky” y “high” riman. Punto. En español, una palabra puede escribirse de distintas maneras. Y eso lo que vuelve difícil al español. Empecé a hacerlas en inglés porque era fácil y porque era lo que escuchaba. El cambio a español sucedió, en primera, porque Angie me dijo que debíamos ya cantar en español. Al principio no quería, le decía: “No, es que somos en inglés y…”, era un estúpido. Luego empecé a escuchar muchas bandas en español fuera de las de siempre; me fui a las páginas de Vice, Noise y todas esas madres a escuchar a las bandas chingonas del D.F, como Los Blenders, como O Tortuga y San Pedro el Cortéz de Tijuana, Los Nastys de España y Ave Negra en Costa Rica. Abrí mi rango y me di cuenta de que había música muy ruda en español. Me latía mucho lo que decían las letras. Ahorita tengo una bandera de identidad muy cabrona y quiero seguir componiendo en español.
— Creo que es, en parte, porque, sin ofender, porque te escondes un poquito, ¿no? — interviene Angie, todavía tocando su guitarra.
— Es una máscara, la neta —admite Francisco—. Creo que lo difícil es tu idioma. Me imagino a los vatos que rapean en alemán… mis respetos para esos cabrones.

I’m surfing the void
And I don’t know what i’m doing
But I know where I’ll go

Para Francisco, la respuesta no está en emigrar con su banda al Distrito Federal para subirse a los grandes escenarios; lo que tiene que hacerse es cambiar la visión de los que forman la escena de Cuernavaca.
— Cuando estás en D.F. la música te llama. Y yo dije: lo primero que voy a hacer es ir a tocadas allá. Entonces conocí a estos vatos: Los Blenders, los O Tortuga, los Big Big Love… que al final se bajan del escenario y son güeyes como tú y como yo. No están rockstareados. Y te platican: los Blenders fueron a la escuela con los O Tortuga, y cuando les ofrecieron una tocada en Costa Rica, los invitaron. Y creo que esa clase de hermandad musical hace mucha falta en Cuernavaca. Falta ese compartir. Aquí en lugar de ayudarnos nos jalamos. Eso debería repararse.
Ya estamos caminando rumbo a Rayón. En el camino nos encontramos a César García. Nos saluda y nos recuerda que dentro de un par de noches ocuparemos el escenario de Pepe el Toro. Luego se despide y sigue su camino.
—Por ejemplo —me dice Francisco al reanudar nuestro ascenso—, César es una persona que apoya un chingo la escena. Siento muchísimo respeto por él. Si le pides una tocada en su bar, te puede dar una fecha hasta noviembre porque está hasta la madre de lleno porque le da oportunidad a todos. Terminas de tocar, te ofrece otra fecha, te paga y te da chelas. César es un pilar. Al estar en el D.F. vi que puedes tocar en La Condesa un día y tocar en el Vive Latino al otro año, ¿pero qué nos hace trabarnos a nosotros? Hay un celo muy grande en Cuernavaca. Hay bandas que ya se rockstarearon. Les dices: “oigan, ¿no quieren compartir una tocada en…?”, y te abren. Te dicen que ya han tocado muchas veces ahí, pero una tocada es una tocada. Y hay mucho, mucho jugo que exprimirle a Cuernavaca: Los Pápalos, Monodram, Las Hienas, Ain’t Animals, Burning House, High Flyerz… La ciudad me dio la visión de que se pueden cambiar las cosas. En lugar de emigrar todo el concepto de mi banda, quedármelo yo y hacerme amigo de los Aquí No Hubo Escena y de Los Blenders y decirles que nos jalen para el D.F, ¿por qué no hacer lo que ellos hacen allá, que es la pinche gran ciudad, acá en Cuerna? Creo que algunas de nuestras bandas podrían llegar a ese nivel, sólo hace falta alguien que llegue y nos empuje y nos diga: ¡Toquen! Alguien que ponga el escenario para todos.

Sal a la luz y venos
Sal a la luz y venos correr

 

 

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