Loquera Morelense: Som Bit

| Diego Gama | Ilustraciones: Alex Pina |

 

Al momento en que este texto se escribe, Som Bit está dando una serie de conciertos en Canadá. Y no los llevaron, ellos llegaron solos. Con recursos propios y sin mayor ayuda que la de su ingenio y colmillo, prescindiendo de manager o agente, están visitando por segunda ocasión el país del norte (Toronto, Kitchener, Montreal, Hamilton) y estarán allá doce días, luego de que su disco debut “Camino” (2013) los llevara a esas latitudes el año pasado. Som Bit se nutre de múltiples influencias de la música del mundo tanto encima como debajo y alrededor de los escenarios. Su sonido, predominantemente instrumental, es una mezcla ritual. Con vocalizaciones apenas descifrables entregadas rítmicamente, sugeridas como restos de un pasado primitivo, envuelve y seduce al escucha con la eficiencia de un discurso pronunciado por un chamán de cinco bocas.

El mes pasado se despidieron de Cuernavaca con un concierto en el Teatro Ocampo. Allí, Hai Von Son, su grácil y etérea percusionista, vocalista y bailarina, se dirigió al público diciendo:

—Es un honor para nosotros tocar en este teatro, en el cual hemos crecido desde el año 98, Cipriano…

Cipriano Izquierdo alzó la vista detrás de su saxofón. Desde debajo de su mítica melena blanca miró a Hai y precisó:

 —Antes de Cristo…

—Así que compartir este momento para nosotros, es… espiritual.

Som Bit

Lo que pasa con Som Bit es que podría pertenecer a cualquier época y a cualquier lugar. Es tanto de África como de Latinoamérica. Su música suena autóctona en Brasil y suena autóctona en México, ya bien del desierto del Sahara o del de Atacama. Hace bailar al público que vino a escuchar a Hypnotic Brass Ensemble y también al que corrió para alcanzar un apretado lugar frente a Julieta Venegas en la Plaza de Armas. Su sonido es la integración de las innumerables influencias y experiencias de sus miembros, los cinco provenientes de los orígenes más diversos. Están juntos desde hace cinco años, pero la música que han creado tiene el brillo y la vigencia de un radiante tirso milenario, llevado generación tras generación por un pequeño grupo privilegiado de portadores de una verdad que está más allá de la palabra.

Todo acto ritual precisa de un espacio ritual. Y el de Som Bit está —curiosamente— en la Subida a Chalma, la ruta ascendente que cientos de nómadas caminan religiosamente cada año para acercarse a la luz. Es el Centro Cultural Baktún, un espacio comunitario dedicado a la difusión y enseñanza de las artes, en donde Som Bit ensaya y un par de sus miembros imparten clases de arte. En él, al aire libre, me hablaron de procesos de cambio, ciclos, viajes y transformaciones. Darío Abdala, baterista y percusionista, como buen anfitrión, ofreció conducirme a mí y a mis acompañantes a un estado de conciencia más acorde a la ocasión:

— ¿Qué onda, unas chelas?

Estado de conciencia que, por tratarse de un miércoles a media jornada laboral, se me adelantaron en rechazar.

—No, no, agua, agua…

Pero el gesto se agradece.

— ¿Y qué pasó con Pompa?

Una pregunta como dedo en la llaga. O tal vez no. Ricardo Pompa era, hasta el año pasado, el saxofonista y presunto compositor principal de la banda, el elemento que parecía ser fundamental para la estabilidad y la permanencia de ese tótem llamado Som Bit. Una idea que la naturaleza progresiva de la banda y el paso del tiempo se han encargado de desmentir.

—Pues el Pompa llevaba como, ¿qué será?… como un año y medio queriéndose dar un tiempo, en general con la música —dijo Darío—. Aquí no hay ninguna empresa ni ningún contrato ni pacto de sangre, cada quien es libre de hacer lo que quiera. Y así fue. Como sea, nosotros tenemos que seguir. La amistad está chida, eso siempre continúa, pero lo que siempre sucede en las bandas es eso: diferentes carácteres, emociones, y momentos.

—Yo también tengo una banda, y sé que cuando alguien se va es muy duro buscar un reemplazo o replantear toda la idea —dije, en solidaridad con el que quizá sea el golpe más contundente que pueda recibir una banda que busque consolidarse.

—Más que ser duro, es un cambio —intervino Josué Madera, bajista, vistiendo una playera de Yoda con citas de sabiduría Jedi impresas en ella—. No es que sea duro… es que simplemente, cuando algo cambia, no se sabe cómo tomarlo. El cambio no es malo ni bueno.

—Nuestro caso es que los procesos son muy fluidos —dice Hai mirándonos de pie, delante del paisaje estelar de uno de los murales que pintó para Baktún—. Som Bit es bastante fluido, y eso tiene sus pros y sus contras. Pero no es una banda en la que alguien imponga sobre los demás; todos aceptamos bastante bien los procesos de cada uno, y no es con confrontación con la que se hacen los cambios.

Cada banda suena a la personalidad de sus integrantes. Esa capacidad adaptativa para convivir con la contingencia y los llamados imprevistos del destino no sólo existe dentro de la cabeza de los músicos de Som Bit; también sale de sus cuerpos y se muestra en forma de música. En su caso es un sonido híbrido, móvil y cambiante, una amalgama exótica difícil de categorizar.

—No nos gustan las etiquetas, pero calificamos a nuestra música como Afro-funk para sentirnos más cómodos dándole un sentido —admitió Josué.

—También nos dicen mucho que es Afro-jazz —agrega Hai junto a la luna—, pero no es afro porque no hay ningún africano. Damos nuestra interpretación a partir de la formación africana que tenemos.

—Tiene elementos totalmente africanos como el djembé y los tambores —analiza el guitarrista Andrés Uribe—, pero es difícil etiquetarlo…

—El origen de Darío es sudamericano —sigue Josué—, entonces hay mucha influencia del folklor regional en su interpretación.

—En realidad Som Bit es música del mundo porque hay influencias de todos lados —concluyó Darío—. Conforme a los integrantes se va generando un sonido distinto.

Si cambia la alineación, cambia la música. Pero lo que es un hecho es que Som Bit siempre ha permanecido muy cerca de sus raíces rítmicas, situadas en África del oeste. El germen del proyecto nació hace muchos años, cuando Hai y Darío viajaron al continente para aprender su música tradicional directamente de los grandes maestros de cada región.

—Mucho comenzó desde hace más de 17 años con los Banderlux acá en Cuernavaca y con la investigación de la música africana —cuenta Darío—.  De ahí nace esta familia, de conocer a esa flota de africanos que andan viajando por el mundo compartiendo un arte milenario que ha influenciado directamente a toda la música de américa, desde los folclores populares de Latinoamérica, hasta en Norteamérica con el jazz y el blues. Tenemos un camino hecho desde la música africana.

—Todos nuestros maestros africanos que pasan por Cuernavaca o por México, sobre todo los que son muy nuestros amigos, tocan con la banda —agrega Hai—. Han tocado con nosotros Dartagnan Camara, Mohamed Oulare, Mbemba Bangoura, Fode Lavia… Ha pasado mucha gente, pero ahorita, de base, estamos nosotros cinco.

Som Bit es una especie de embajada internacional para músicos de todo el mundo. Zal Sissokho, un “Griot” (músico y poeta depositario de la tradición oral) de Senegal, abrió el primer concierto que dieron en Canadá en 2014.

—Estuvo increíble. Cinco minutos antes nos pusimos de acuerdo, nos conectamos y pa’delante.

—Y sólo sonó así ese día…

— ¿Cómo consiguen encontrarse con esas personas? —pregunté, sorprendido por la red de amigos y maestros nómadas que Som Bit ha logrado tejer.

—El universo nos las pone —me dice Hai con seguridad—. Nos encontramos a Zal en un camerino de Hamilton después de haberlo visto en un concierto que dio en el Ocampo. De pronto llegó el programador y me dijo: “Oye, Zal está solo, no tiene banda. ¿Por favor tocan con él?”. Y le dijimos: “¡Pero por supuesto!”. De ahí agarramos una súper amistad. Zal acaba de hacer una gira por México… a veces como que el universo te pone enfrente a la persona indicada… Cipriano y nosotros nos conocemos desde, fácil, hace veinte años, y él, junto con Isabel, nos ha influenciado mucho desde siempre. Siempre hemos tenido la influencia del jazz, aunque no nos hemos dedicado exclusivamente a él. Y ahorita, nuestra influencia, más la influencia de Josué que es completamente otra, junto con la de Andrés, que viene de esa escuela, crea una fusión. Y eso está bien padre.

—Ahí va, se va abriendo el camino. Ya estamos haciendo comunidad con amistades de músicos, gente de Haití, Chile, Argentina, Uruguay y gente de México.

Som Bit es una maquinaria mística en movimiento perpetuo. El cambio en lo que hacen parece ser, incluso, una necesidad. Las versiones grabadas en “Camino” (2013) suenan muy distintas a la interpretación que hacen de las mismas canciones dos años después. La renovación quizá sea la norma moral esencial que los permea y los mantiene unidos.

—Siempre tratamos de reinventarnos y de complicárnosla, para que no sea siempre un acomodo al estilo: “esto ya funciona y que se quede ahí” —admitió Darío—. Siempre tratamos de llevarlo más allá para que nos genere más satisfacción y para que siga sorprendiendo a la gente. Estamos intentando llevar a la banda a un sonido que siga mutando, que siga siendo bailable y que sea fácil de digerir para todo público, no solamente para niños o jóvenes o solamente para los adultos e intelectuales a quienes les gusta el free jazz; queremos ampliar la gama de público y eso nos está llevando a que la música tenga esa particularidad y esa sonoridad. Sigue siendo el groove para bailar. Tratamos de que sea, dentro de nuestra loquera, lo más digerible y aceptable.

—Por ejemplo: “Sta. María”, que está grabada en el disco, ahorita ya suena completamente diferente —añadió Hai—. Es parte de la búsqueda de la banda; así como crecemos y evolucionamos cada quien, igual la música. Nos acompaña.

—El disco todavía está bastante fresco, todavía lo estamos sonando. Y estamos a punto de hacer el segundo.

—Ahí va. Esperamos tenerlo para fin de año. Hay que sacarlo ya. Vamos por segunda vez a Canadá —me dijo aquél día Darío, quien ahora mismo debe estar golpeando su djembé frente a personas de toda clase de colores—. La idea es estar regresando todos los años. Y hay que regresar con otro disco, nuevo repertorio, y ahí va. Apenas está comenzando, hay bandas que se están moviendo por todos lados y tienen arriba de cinco discos. Nosotros apenas tenemos uno, pero se está poniendo chido. Estamos en un momento de la historia en el que, para quien quiera sumarse, está todo puesto ahí. Ya no necesitas a Sony ni a ninguna disquera, sólo tu disposición. Quien no lo haga, es porque todavía está esperando al “padrino”.

El mundo de hoy es una grandiosa mezcla de culturas, razas y religiones. Unos y otros se comparten e influyen sobre los demás, inspirándose mutuamente sin importar las distancias. No existe un fenómeno netamente local. Som Bit es el representante ideal para ese hecho. “Aunque no llevemos una bandera específica —lo sabe Darío—, la gente se ve reflejada en esa fusión que somos”. La música es una tabula rasa; admite cualquier clase de experimento. Un maestro de África, el continente donde aparecieron los primeros hombres hace cientos de miles de años, dijo a Darío en una clase:

—No existe la nota errada. No existe la nota errada. Repítela varias veces y verás cómo le encuentras su lugar.

Som Bit no teme al cambio: lo abraza y lo cultiva.

—Hay muchas bandas, pero todos somos uno. Todos estamos en el movimiento.

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