Loquera Morelense: Never After Before

| Diego Gama | Ilustraciones: Alex Pina |

La ciudad crece. Y con ella, su escena musical. Pero también su angustia. El valle de Cuernavaca empieza a poblarse de nuevas inquietudes y nuevas posibilidades. Pero al tiempo que se escarba la tierra para montar los cimientos del progreso, los volcanes desaparecen detrás de altos edificios, el aire se hace más denso y más oscuro, el calor aumenta, el tráfico se va haciendo insoportable, la violencia germina; las viejas estructuras se corrompen y se retuercen en el caos de la incipiente metrópoli.

Pero la naturaleza, para evidenciar que sus esfuerzos siempre tienden al equilibrio, trajo, entre toda  esa ola de urbanización, el edificio del IMSS, en cuyo noveno piso, en el año de 1982, nacería Agustín Dávalos, quien creció para convertirse en cofundador de Never After Before, el escape catártico de los espectros que habitamos la ciudad despedazada.

Never After Before

Justo como sucede con eso que llamamos progreso, durante el desarrollo de una banda de rock el resultado final difiere de la intención original. Agustín y Marcelo Rangel formaron Never After Before en 2011 con intenciones experimentales. Su idea era hacer una banda de ruido “al estilo John Zorn en su parte más pinche loca y ruidosa”, según Agustín. Pero después de intentarlo y conforme iban saliendo las canciones, descubrieron que iban siendo cada vez más estructuradas. “No es tan fácil hacerlo —dice Marcelo, sentado dentro del penthouse del edificio Vitaluz, en el Estudio Áureo, el lugar que probablemente tenga la mejor vista de Cuernavaca, orientada hacia los huraños volcanes—. Cuando escuchas bandas de noise y las oyes chingonas… es porque no es nada más hacer ruido. Hay muchos elementos, no es tan fácil.”

Ese penthouse es como una fortaleza aérea: el ruido callejero apenas alcanza a meterse por la ventana orientada al norte, desde donde se ve el cerro de Tres Marías y La Herradura. Dentro del cuarto sólo se escucha un loop atmosférico de aire floydiano. Se trata de la canción “Heart”, uno de los cortes de “Broken Nation”, el primer disco de la banda, a pocos días recibirlo acabado y maquilado. El primer corte que compusieron, homónimo al disco, contiene la génesis de lo que pretendían con su sonido: una desordenada última parte, un poco improvisada, aunque muy ensayada, hecha para tensar al escucha como el Immaculada de los tempranos The Men o Naked City. El sonido ulterior creado por Never After Before contiene loops, atmósferas y ritmos pausados y ceremoniosos en la guitarra. Pura arquitectura sonora; capas de sonido fundidas como engranes industriales.

Never After Before… yo creí que entendía el inglés hasta que leí su nombre en un cartél.  Una de las razones –quizá la de mayor peso- para buscar encontrarme con la banda, era despejar esa incertidumbre. “En realidad el nombre no es una frase –explica Agustín-. Son tres palabras: ‘Nunca’, ‘Después y ‘Antes’. Estábamos pensando en el nombre y nos clavamos en el momento presente. ¿Cuál sería una buena palabra que simbolizara el momento presente, el estar aquí y ahora? Jugando con las palabras encontramos las que son opuestas al momento presente. Es lo contrario de estar, de existir.”

“También significa la nostalgia de lo que hice antes, lo que hice después y lo que nunca hice –puntualiza Marcelo-. A veces, también te invade ese pensamiento sobre lo que nunca has hecho, y que nunca harás. La idea era hacer un concepto en el disco, que tuviera que ver con la nación rota, con este momento social. Nos parecía importante decir que entre todo el caos, podía haber algo de esperanza. Las letras no son narraciones, son bocetos para crear una imagen. Son palabras aleatorias, que sí tienen relación, pero que están más enfocadas en crear imágenes con las frases.”

Never After Before habla de dualidades, de aspectos vitales contrarios que conviven entre sí, necesitándose irremediablemente: dan voz al pesimismo que nace de tocar el fondo, pero también hablan de la voluntad optimista que, necesariamente, nace como su natural opuesto en la batalla por volver a la superficie.

Fostering fake spirituality
In the garden of doom

La voz de Agustín sale impulsada por una sensibilidad grunge, pero la música que emiten los dispositivos esparcios por el suelo del penthouse se abre paso por un camino más cercano a los momentos agresivos de Depeche Mode y la contundencia de Nine Inch Nails, desarticulándose repentinamente en atmósferas de terror contemplativo y acechante.

“La primer rola que hicimos, ‘Broken Nation’ –la misma que contiene el final noise-, salió después de ver la película ‘Mr. Lonely’, de Harmony Korine”, me dice Agustín. “Trata sobre una isla habitada por imitadores –interviene Marcelo-, muchas personas disfrazadas de personajes famosos, tratando de ser lo que no son. Y al final se dan cuenta de que no son eso que pretenden. Es muy patético, porque hacen un show, cantan y nada más hay tres personas viendo. Al final se decepcionan mucho. Dicen: ‘Nadie nos pela. No somos nada’.” En Never After Before, Agustín, Marcelo y Pablo asumen y critican la ambición de reconocimiento, muchas veces ingenua, de todo aquél que decide dedicarse a hacer música. Sin embargo, su inteligencia humilde les permite admitir que, algunas veces, el deseo de trascender vuelve para revolverles la cabeza.

—De alguna forma, el principio fue hacer una banda que estuviera un poco lejos de las expectativas de ser famoso… que siempre se meten. Desgraciadamente siempre es un pinche ruido—, dice Marcelo, iniciando un diálogo con Pablo y Agustín, sentados en círculo a la mitad del cuarto de ensayo.

—Yo creo que, más que la idea de ser famoso, la cosquilla del músico es vivir de esto—, matiza Pablo, junto al amplificador de bajo.

—Bueno, en mi caso, los sueños de fama y fortuna parece que de pronto coquetean conmigo. Digo: ‘A huevo, ¿quién voy a ser? Pero cuando oigo música comercial, me caga—, contesta Marcelo.

—Pero la energía de tocar en un escenario grande, en un lugar lleno, que todos vayan a verte a ti y se sepan tus rolas, te aplaudan y griten, para mí es… embriagante—, admite Pablo, y enseguida imita con el aliento el sonido inconfundible de un estadio que vitorea a su héroe sobre el campo.

—Sí es importante tener una comunicación con la gente. Pero no me pasa eso. No me importa si hay tres personas. Ya no —revira Marcelo, haciendo énfasis en el poder del blues, de la música que nace de la derrota—. Tiene que ver con esta postura de mi parte en contra de lo establecido, el decir: ‘no pude ser esa estrella de rock que me hubiera gustado ser’. Entonces toco con mucho pinche malestar. Es una energía que ahí está. Hay un descontento.

Hasta ahora, Agustín se ha limitado a escuchar a sus compañeros. Pero de pronto sale del silencio para conciliar las dos visiones en un proyecto contenido dentro de sí mismo:

—Yo busco salir. Sí tengo esa onda de ser famoso, pero creo que hay algo más importante que esos quereres. Intento que la música tenga su lugar, su propio peso, que el mensaje atraviese y sea más interesante que lo que un simple mortal como yo quiere. Eso es lo que busco al hacer música en este proyecto: ser sincero.

—Los motivos por los cuales ponemos todo en el escenario quizá sean diferentes, pero ponemos todo ahí —finaliza Pablo—. Agustín ha estado a punto de desmayarse gritando mientras canta. Es preocupante, pero me emociona un chingo. Digo: ¡Sí, a huevo! Para mí es parte de ponerlo todo y la gente lo ve y lo siente.

Entonces Marcelo resume en una frase el concepto total de Never After Before:

“Somos el pinche vómito afuera del bar, pero con un poco de fe, eso puede cambiar”.

A hidden mechanism
The training of salvation
Somewhere lost
Never after before

 Durante la edición pasada del festival “Grotesco”, Never After Before musicalizó en vivo la película “Valhalla Rising”, improvisando la pieza en el momento. Hace años, Agustín y Marcelo, dentro de la alineación de Liminal (su banda anterior), llegaron a sonorizar películas mudas como “El Gabinete del Sr. Caligari”, “Metrópolis” y “Begotten” en el Cine Morelos. La escena ha crecido tanto, que Cuernavaca ha llegado a ese punto en que pareciera dar cabida a todos los escenarios imaginables.

—Ahorita la escena está creciendo bien cabrón. En calidad y en número —opina Marcelo—. Hay buenas bandas. Me gustan Los Pápalos, me gusta Meteora, Monodram, Neoplen… Creo que hay un ambiente chingón, como nunca lo había yo vivido, nunca había visto bandas tan bien preparadas, con un show tan bien montado para tocar en vivo. A mí me ha pasado ir a un concierto de bandas locales y disfrutar de él. Realmente ir a escuchar música. No ir a echar la chela y por añadidura escuchar música, no: voy a escuchar música—.

—Y además cada vez hay más público —observa Pablo—. Me ha tocado ver un evento en El Paraíso, otro en el Pepe el Toro, otro con los franceses… y todos llenos. Me sorprendió mucho cuando vino Julieta Venegas. El centro estaba hasta el culo, todos viendo a Julieta. Y al mismo tiempo había un concierto de música africana y son en el Teatro Ocampo. Y el Teatro Ocampo… hasta el culo. Dije: algo está pasando aquí. Está emergiendo algo en Cuernavaca. Se ha convertido en un centro de creación y desarrollo artístico—.

—Lo que justamente hace falta es una productora —agrega Agustín—. Hay muchas bandas, hay diversidad, calidad, pero no hay quien lo maneje. No hay una empresa de management y booking. Esa parte, que no es de músicos, no existe—.

—Y hay quienes pudieran hacerlo muy bien —dice Pablo, entusiasmado—. Gente que tiene contactos. Puede ser alguien local o alguien de fuera. De hecho Rogelio Gómez (el fallecido director del sello Blackstone Records) hablaba de eso. Decía que Cuernavaca, en diversidad y calidad, está en su punto. Nos dijo: ‘Esto no se oye en Guadalajara o Monterrey’. Y es en todos los niveles: fotografía, literatura. Hay mucho, mucho.

Cuernavaca es tradicionalmente un área de retiro para quienes se hartan de la vida en la ciudad. Talentosos artistas de todo el mundo la han adoptado como su taller y casa de descanso, abandonándola cuando llegaba el momento de volver. Afortunadamente, con el tiempo, Cuernavaca se preñó de las influencias que llegaron hasta ella, y en un lapso aproximado de medio siglo, en palabras de Pablo Peña: “pasamos de no tener nada a tener todo esto”. Una escena mucho más que digna, llena de agradables y accesibles sorpresas. Y lo que es más: ahora las bandas locales buscan moverse por el resto de la república.

—Lo que viene para el futuro en esta escena, es salir. —sentencia Agustín—. El objetivo de Never After Before es salir a hacer lo que hicimos en Xalapa, pero a otros lados. Estar saliendo. Tener toquines aquí está chido, pero ya no es el objetivo principal. La banda ya no asistiría tanto. Y debe ser igual para las otras bandas: salir a exponerse. Y así la escena crece, lo que pasó en Monterrey fue eso. Si se hubieran quedado ahí no habría pasado nada con esa camada—. Con el escenario ya montado, se espera a alguien que sepa cómo mover los hilos correctos.

De pronto la calma de la noche se interrumpe cuando el sonido del caucho quemándose contra el asfalto entra por la ventana y nos sorprende a todos. Enseguida oímos la fibra de vidrio deformándose en un estruendo. Abrimos la ventana y observamos la ciudad, buscando. Vuelve el silencio. Se escuchan mariachis.

 

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