Loquera Morelense: Monodram

| Diego Gama | Ilustraciones: Alex Pina |

Para empezar, ellos me buscaron a mí. No viceversa. Hasta ahora, había sido yo quien daba el primer paso del acercamiento con la banda que quería usar como objeto de estudio. Pero eso no pasó con Monodram. Con la perseverancia vikinga que más tarde me convencerían que les caracteriza, llegaron a la oficina abriéndose paso entre los lustrosos pasillos de la Secretaría de Cultura, solos, buscando espacios para dar a conocer el trabajo que les ha costado sudor, hambres, ampollas y el esfuerzo de un tercio de vida.

Monodram

“Cuando empiezas como que tienes esta idea… yo la tuve, al igual que muchos la tienen… esta idea absurda de que un productor súper cabrón te va a descubrir y va a decir: ‘¡No puede ser, tu disco está impresionante!’. Tu demo, además… no tu disco: ¡tu demo! ‘¡Tu demo está increíble! Ven, yo te voy a pagar todo y te voy a mandar a todos lados’. Como que todos le estamos apostando a eso. Y no funciona así. No hay una banda referente en Cuernavaca a quien se le pueda preguntar: ‘Oye, ¿cómo le hiciste?’ No hay. Creo que la única banda con proyección nacional es Zoé, pero no salieron de la escena. Somos cuates del tecladista y yo le pregunté: Oye, ¿cómo le hacemos con el booking? Pero él está como en otra dimensión… todos los consejos que me dio me sirven de poco. Me dijo: ‘Nosotros encontramos un mánager que nos hizo todo’. Ese fue su consejo.”

Esa declaración de arriba fue dicha por Nazario Meshoulam, miembro fundador de la banda, mientras estaba sentado orgullosamente en el escritorio de recepción de su propio estudio de grabación, escuela (con diplomado en ingeniería de audio avalado por la SEP) y tienda, una proeza infraestructural enclavada en el centro histórico de Cuernavaca, producto de años de trabajo y muchos dolorosos desengaños. Nazario sabe que el que busca, encuentra. Y si el que busca se hace acompañar de una legión de voluntariosos afines, la cosa sólo puede ir hacia adelante.

—Toma…— me dijo Nazario, ofreciéndome un par de orejeras aislantes de ruido que acepté nerviosamente como una advertencia.

Unos días después estábamos en la sala de grabación, el mismo penthouse de la vista perfecta que usa Never After Before para ensayar. En ese mismo lugar han grabado Los Pápalos, Never After Before, Fake Fémina y We Are Old Wave, y hace poco, en esa misma tienda, fue comprado un programa Pro Tools nuevo por un esperanzador alumno que promete seguir girando la bola de nieve ya echada a andar. Lo que han conseguido los cuatro integrantes juntos poco a poco empieza a tener el aspecto de algo serio.

“Estoy produciendo grupos ahorita, y me dan ganas de trabajar con… ¿cómo se llaman estos vatos punketeros, compas tuyos?… ¡Akapulke!  —me dijo Augusto Herrero mientras acomodaba la batería—. Los he visto toda la vida tocar y sé que ahí andan, pero que no logran consolidar el proyecto porque a veces están y luego no… Está chingón. Es un punk fregón, chido, pero sí tendrían que ponerse las pilas. Habría que decirles: ‘ya, vamos a hacerlo lo más serio que podamos’.” Pensé en lo tierno de esa ambición después de recordar el primer capítulo de esta serie, aunque debo admitir que sus intenciones son nobles y su interés por promover el avance de la música morelense es admirable. Todavía sorprendido por su entusiasmo, me senté en un banquito giratorio a la mitad del cuarto, y rodeado de amplificadores, me puse las orejeras.

Augusto Herrero (batería), Eduardo Huerta Rangel (guitarra) y Agustín Dávalos (bajo) completan la alineación de Monodram, un proyecto que hace diez años se llamaba como su creador: Nazario Meshoulam, pero que se consolidó cuando la visión decidida de Nazario se encontró por fortuna con otras tres visiones parecidas. “Cuando empezó el proyecto, yo lo planeaba solista porque siempre, en las bandas anteriores que tenía, se peleaba no sé quién con no sé cuál —me cuenta Nazario, sentado en la recepción—. Decidí que iría con mi nombre y con músicos invitados. Siempre les dije: ‘si de repente les sale otro proyecto, nomás avísenme, no hay bronca’. Pero curiosamente los fui invitando y pasó lo opuesto a lo que pensé. Se hizo muy buena cohesión de banda, y de ellos mismos salió la propuesta: ‘si ya nos hicimos una banda, ¿por qué no le ponemos nombre de banda?”

Agustín Dávalos dice que entró a la banda porque hace tiempo ensayaban en su casa y ya no lo dejaban descansar. “Ya me sabía las pinches rolas, quería ver el futbol y ya estaban ahí —tararea un breakdown de Monodram—. Dije: ‘me gusta el bajo: quiero tocar’. Y lo que me animaba era escuchar los bajos de Justin Chancellor (de Tool); cosas sencillas pero muy poderosas, con mucha presencia. Como los bajos de Nine Inch Nails: cosas muy sencillas pero con mucho carácter, muy bien dichas.”

Para Eduardo Huerta, la banda se ha ido ensamblando a través de un proceso natural y casual lleno de coincidencias que los fueron colocando a cada uno en su sitio. “Era natural que Augusto fuera el baterista de, en ese entonces, Nazario Meshoulam, porque Nazario le estaba dando clases de guitarra. Yo estaba en un curso de guitarra en Barcelona y Nazario estaba en el cuarto de enfrente y un día me dijo: ‘Te voy a mostrar unas rolas. Te van a gustar’ Y sí, sí me gustaron. Y lo otro también fue natural: que Agustín viviera justo en el cuarto debajo de donde ensayábamos. Entonces decidió subir a tocar el bajo en lugar de ver el juego del Chicago Fire. El nombre que le pusimos después también fue natural, y la composición se ha ido haciendo más integral, más entre nosotros cuatro.”

Una de las rolas que Nazario le mostró a Eduardo en Barcelona fue “Ícaro”, la misma que ahora estaban tocando en el penthouse mientras yo los escuchaba desde mi asiento giratorio. Dávalos era el único sin tapones ni orejeras. “Eres el más hardcore”, le dije después. “No. Soy el más sordo”, me contestó. La canción suena como al martillo Mjölnir golpeando el estrado, acabando contundentemente con cualquier duda sobre cuál es la decisión definitiva.

Desoí siempre tu consejo

Y volé hacia el sol

Hoy aún vivo

Desde que son Monodram han pasado seis años. Unieron fuerzas por primera vez en 2009. “Ícaro” fue la primera canción que sacaron y nunca ha habido un concierto en el que no la toquen. Esa canción es un manifiesto que, en tres líneas, expresa la terquedad y el empuje que los define y los mantiene juntos: “En el mito, Ícaro está con su padre, preso en una isla —explica Nazario, ahora sentado detrás de su magna pedalera en el piso del penthouse—. Dédalo, su padre, le construye unas alas de cera con plumas para escapar y le dice que no vuele cerca del sol porque se le van a derretir. Pero Ícaro no lo escucha, vuela cerca del sol, se le derriten las alas, cae al mar y muere. Así termina el mito como es. Nosotros escribimos un final distinto: aquí no muere. Vuela hacia el sol porque esa es su voluntad. No escucha a su padre. La rola es sobre la relación con el padre o la figura de autoridad. De desobedecer cuando sabes que es para otro lado. Y seguir vivo.”

En una actitud de reto al sentido común mexicano, los cuatro se dedican a la música a tiempo completo: todos se ganan la vida dando clases de música o produciendo a otras bandas. Nazario cuenta que cuando fue a Canadá a estudiar ingeniería en audio la gente le pedía con interés que les mostrara su trabajo. Aquí en México, cuando dice que es músico, le preguntan de qué trabaja.

—Creo que a todos nos han dicho la frase: “no estudies eso”. Y todos nos dimos cuenta que iba a estar cabrón vivir de la banda. Pero nadie se quiso ir muy lejos. Todos nos dedicamos a la música. Yo llegué a tener otra chamba, pero renuncié —dice Nazario—.

—La vida te empieza a decir que no te dediques a este pedo. Y ni madres. Osea, de alguna manera los cuatro somos muy tercos en eso. Hay muchas bandas que tienen muchas ocupaciones ajenas a la música, y aquí todos nos dedicamos de lleno a ella. De repente nos podemos agüitar, somos humanos. La cosa es que no nos agüitamos tanto como para desertar —añade Augusto—.

— Y a veces se extraña tener esa fuente de ingreso extra. Yo la extraño últimamente muchísimo. Pero es deprimente decir: ya está mi licenciatura en música, ya está el disco, ya está todo… ¿para que vaya a chambear ocho horas por cien varos al día? Y es digno, pero ¿en dónde está mi atención? ¿En verdad quiero trabajar ahí o es nada más para pagar los gastos? ¿En verdad quiero sacar el disco? Pues sí, por supuesto que sí. Hemos llegado a no comer, incluso —matiza Eduardo enérgicamente—.

—Para mí está chingón darle y darle y al final de tu vida saber que hiciste lo que quisiste. O sea, ¿de qué se trata? De que no me pasé la vida haciendo una chamba que no quería. Si quiero ser abogado, pues voy a ser abogado. Pero yo quiero hacer música. Si soy famoso o gano mucho dinero, eso es secundario. Yo hice de mi vida… que voy a tener sólo una… —sentencia Dávalos recalcando con una seña del dedo índice lo que todos sabemos que es verdad—, lo que quise: hice música.

La lucha de Monodram contra la corriente consiste en que, además de ensayar en un lugar que ellos mismos levantaron, se promocionan en sitios que también se generaron a sí mismos. Si el estudio no va hacia Monodram, Monodram va hacia el estudio. El disco que están a punto de lanzar oficialmente es el mejor ejemplo. Está listo luego de dos años de trabajo; lo grabaron hace dos años y no salía a la venta por falta de dinero para la postproducción. Después de tomarse su tiempo para decidir la manera más conveniente de proceder y esperar el momento idóneo para hacerlo, hoy está vivo, lo tienen en físico y está a punto de ser presentado con un concierto en el Teatro Ocampo. Y sobra decir que en el ínterin no han perdido el tiempo: el disco ya está disponible en múltiples plataformas:  iTunes, Kichink!, Amazon, Cdbaby, Google Play, Spotify, Soundcloud, Shazam y, cómo diablos no, en Mixup. Aun así, Nazario no canta victoria: “Tenemos seis años de ensayar, pero hacia afuera somos una banda nueva que apenas empieza, con un disco nuevo, con rolas nuevas. Pero si alguien busca a Monodram, lo va a encontrar.”

—No hay pretextos, no hay excusas —añade Eduardo—.

—No hay error. No hay error —matiza Augusto—.

No Surprises —finaliza Dávalos—.

“Ese es el error de un chorro de bandas —me dice Augusto Herrero mientras desarma la batería—: que no se dedican fuerte a lo que quieren. Sin importar los recursos, dedicarse a componer y darse el tiempo para ver cómo funciona una banda. Como que a veces el mundo quiere las cosas muy rápidas. El foco no debe estar en el estrellato, sino en el camino. La comodidad casi nunca es buena.”

“Estamos apenitas entrando a zona de guerra —concluye Nazario, cuyo estudio, el Estudio Áureo, también tiene seis años, los mismos que Monodram—. Estamos tocando puertas en todos lados. Sale el disco y se ve que no está nada fácil. La realidad es que esta es otra profesión que tenemos que aprender. Y es una lástima pero no hay quién nos la enseñe. Entonces solamente la vamos aprendiendo, si es que la aprendemos, a los trancazos. Y está este otro proyecto, el estudio. Lo que quiero hacer de él es una plataforma para las bandas, que el audio de sus discos esté a muy buen nivel, asesorarlos. Insistir en la onda del management, que puedan producirse a sí mismos. Algo que me gusta de México es que hay mucho por hacer.”

 

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