Loquera Morelense: Las Hienas

| Diego Gama | Ilustraciones: Alex Pina |

“Be safe, but not too safe.”
— Julian Casablancas

— Nunca hemos sido los guapos del barrio. Siempre hemos sido una cosa normal.

— Tocamos tal y como viene. Directo de las vísceras. Tocamos con la carroña de las bandas del pasado: la batería abandonada y a medio desplomarse que encontramos en el sótano, los platillos rotos y oxidados que nos han donado, amplificadores viejos con falso contacto, usamos una caña como atril para sostener un platillo de lámina que se hunde cuando le pegan y una lira que llegó como regalo de navidad hace ya un buen ratito. No sabemos qué dicen los ganchos que los músicos suelen colgar de las líneas del pentagrama. Nos gusta no saberlo. Tocamos de oídas. Azotamos y rasguñamos los instrumentos de oídas. Así surge el crudo rugir de Las Hienas.

Leonardo Vadillo III desciende de los vikingos de Noruega y de la polvadera agrarista mexicana. Bajó al sur pasando por el ácido desoxirribonucleico del revolucionario Basilio Vadillo a finales del siglo XIX y principios del XX, se hizo presente a través de los trazos satíricos y la gráfica expresionista de Leonardo Vadillo Paulsen y la mirada empática de la pintora Beatriz Alvarado en su segunda mitad, hasta finalmente aterrizar en el Distrito Federal, en los brazos de Adriana, su madre. Leonardo Vadillo Alvarado, tío arquitecto y motociclista forajido, habiendo vivido los años 60 como dios manda, fue uno de los grandes responsables de su gusto por la música que raspa y menea. Pero el silencioso Leonardo Vadillo III nunca ha conocido a su padre. Es artista visual. Gusta de la experimentación y de desaparecer sin dejar rastro por varios días, sin previo aviso. Cuentan que, en esas ocasiones, se le ha visto adentrándose en el bosque. Toca la guitarra.

Las Hienas

Alberto Gama III se abrió paso hacia el presente con ayuda de un niño campesino guerrerense de nombre Vicente que un día, ya de adulto, decidió salir de su pueblo acompañado por su mujer para probar suerte como obrero en una fábrica de Cuernavaca. Al mismo tiempo, a cientos de kilómetros de distancia, lo hizo a través de un hombre de negocios, nómada recalcitrante de nombre Alberto y Gama de apellido, que salió del árido San Luis Potosí buscando algo que no se sabe si logró encontrar. Nació en un huracán de fuego cruzado entre la encarnación de la bondad y un sombrío e inamovible líder de convicciones progresistas. Creció explorando la bodega trasera de la enorme casa barroca de sus abuelos y una tarde observó el abismo en un prado frío de las montañas del norte. Adoptó al periodismo Gonzo como principio vital. Disfruta del sabor de una galleta María sopeada en agua simple de vez en cuando, lo que le ha valido ser calificado por su padre como poseedor de “gustitos de presidiario”. Toca la batería. Aunque separados al nacer, con el tiempo la fiesta reunió al Leonardo Vadillo y al Alberto Gama del siglo XXI en una casa junto a la barranca que baja por Calzada de los Reyes.

— Las Hienas surgió luego de frustrados intentos de armar la banda Manuel Calavera con otros camaradas, y tras ver la plano-secuencia del acordeón riffeando “Let My Baby Ride” (de R.L. Burnside) en la película “Holy Motors”. Después de varias fiestas y un par de pulques, decidimos mandar a la goma el cánon de la rock band para entrarle con todo al power dúo, que hasta ahorita ha funcionado re suave.

— En los pulques del viejo San Andrés de Huitzilac, ya medio desorientado por los efectos del maguey en el cuerpo, empecé a darme cuenta de que a él era el único a quien le causaban gracia los comentarios sin gracia que me daba por hacer —me dijo uno de ellos, refiriéndose al otro. Para qué especificar quién; no es raro que sus propios amigos y conocidos en común los confundan y llamen ‘Alberto’ a Leonardo o viceversa—. Podía hacer un chiste que dejara muy seria a toda la comitiva que tenía enfrente, pero el buen compa entendía de qué se trataba y lo veía de lejos pelar el diente en soledad. Así se hacen las bandas. Cuando le propuse que armáramos algo y bajamos al sótano a desenterrar los remedos de instrumentos que usamos, supe que nos haríamos llamar Las Hienas.

—Y si no nos llamáramos así, siguiendo la línea cleptoparasitaria (cleptoparasitismo: forma de alimentación en la que un animal se aprovecha de presas que otro animal ha capturado), seríamos algo así como “Los Zopilotes”. Me gusta como para un proyecto alterno, jsjsjs…

— La idea siempre ha sido hacer lo más con lo menos posible. Volvernos capaces de armar buenos desmanes ocupando equipo que no está en el mejor estado, ni es lo último de lo último y que en muchas ocasiones ni siquiera es nuestro. Podemos usar la tarola del hermanito sin ningún complejo. (Gracias carnal). Nos gusta componer rolas cortas, sencillas y rasposas en las que el ritmo bien marcado sea el rey. Si te vemos marcarlo con el pie o asentir con la mollera cuando nos escuchas, ya estuvo. No necesitamos más.

— La idea es darle con todo…dejarse llevar. Seguimos sintiendo vértigo en cada tocada. Ahí la llevamos en la subida.

Las Hienas no son de mucho hablar. Incluso podría decirse que les cuesta trabajo hacerlo. La voz de Vadillo III es un murmullo inaudible la mayor parte del tiempo, y suele ponerse el gorro de su sudadera chiapaneca sobre la cabeza, aumentando su presencia de observador solitario, una síntesis local de John Paul Jones, Tom Waits y Willem Dafoe. Gama III hace un poco más de ruido, pero no es raro verlo trastabillar a la mitad de una frase, interrumpirse súbitamente y quedarse en silencio un rato con la mirada perdida, renunciando a la oportunidad de darse a entender. Quizá sea por eso que sus canciones no tienen letra y que los títulos que les ponen sean tan extravagantes como “¡Ah, Méndigo!”, “Azotó la Res”, “¡Oh que la canción!”, “Misifuzz” o “Tiro de Compas”.

— Lo que esperamos para el próximo año es estrenar repertorio y seguir amenizando bodas, bautizos, comuniones, graduaciones, iniciaciones, rituales chamánicos y todo tipo de argüende.

Si usted no sabe inglés, probablemente todavía no haya podido despejarse la angustiosa inquietud que le provocó ese epígrafe del principio, atribuido al músico neoyorquino Julian Casablancas. Difícil de traducir literalmente, lo que más o menos dice ahí es algo así como: “Cuídate, pero no demasiado”; juega seguro, pero no demasiado seguro. Toma riesgos. O citando al mártir del stand-up comedy, el buen Bill Hicks: “Play from you fuckin’ heart!” (¡Toquen con el pinche corazón!) Las Hienas tocarán en donde sea, con cualquier material que se les medio ponga al alcance, esperando que el público se permita tomar distancia de la pose de meñique extendido y la exquisitez de su tímpano por un rato, dejando que la mandíbula se apriete libremente al compás del rock de bajo presupuesto.

Lejos están esos días en los que Leonardo Vadillo III recibió a su “caderona” como regalo navideño. Antes tuvo una guitarra “de esas acústicas, que me dio un compita de la privada de Ahuatlán en la que vivía a cambio de un celular, por allá de los días preparatorianos, cuando despertaba la hormona musical. En esa misma época tenía varios amigos que le entraban a los guitarrazos. Ellos me pasaban sus saberes, nada formal… entonces me encontré con la escala de blues y me enamoré. A todo esto se le sumó la infinita variedad de sonidos que ofrece la lira eléctrica y una sed incesante de experiencias sonoras.” Más que un guitarrista, Vadillo III se considera un explorador del sonido. Y Antonio Russek le da clases en la facultad, así que ni cómo ponérsele al tiro, muchachos.

Hoy, a dos añitos de dar sus primeros trotes por la sabana cuernavacense en septiembre del enloquecido 2013 (estrenándose sobre el escenario de Juan del Jarro apadrinados por un Dream Team [Equipo de Ensueño] en el que jugaron Cuarenta Días, We Are Old Wave y Los Pápalos, Las Hienas pueden presumir haber salido de la entidad federativa que las vio nacer y haber interrumpido pláticas con su estruendo en la capital poblana —invitados por el buen y obligado Kicha (miembro de Mía Sonora, The Plastic Forks, Cuarenta Días, Ain’t Animals, Old Wave y lo que resulte) y Sonido Intermitente Local— y en la Ciudad de México, gracias a la organización fantasma de conciertos Boo-King, que al igual que Sonido Intermitente Local, es un ente autogestivo e independiente, que con puro ímpetu y sin pedir un peso, arma alineaciones de sólidas bandas emergentes que lleva y trae a orear a nuevos aires sólo porque puede.

Ya estuvo suave, pues. Rocato acaba de entrar a la oficina de redacción. Voy a pedirle que diga algo al respecto de estos dos. Él los ha escuchado.

— Rocato…

— …

— Dime algo sobre Las Hienas.

— Las Hienas no se descubren fácilmente. Incluso los largos cabellos tapan la cara del baterista. Es inútil preguntarles el tipo de música que interpretan. A lo mucho expresan que su estilo musical tiene que ver con eso que llaman o se llama “garaje”. Así tal cual. Y qué es eso. Interpelo. Indago y naufrago. Me remiten a los ensayos de los viejos grupos de rock en los garajes hogareños con el sufrimiento de los familiares y vecinos y al espléndido movimiento del jazz libre. El jazz sin amarras. Sin estreñimiento. Entonces hay que dejar de hablar. De pormenorizar, de ensayar prolegómenos sin Kant. Hay que pasar al segundo piso, al cuarto de adentro, al cubículo donde habitan los sonidos. El dúo de Las Hienas, Alberto y Leonardo, de seguro trabajan sus rolas, sus interpretaciones, su sello particular, sus gesticulaciones, sus tonos, sus movimientos acompasados, sus ritmos y arritmias. Entonces, después de saber todo esto, hay que oírlos, dejarse llevar por lo que tocan–interpretan. Inventan su propio pentagrama. Dibujos largos y constantes golpes y rasgueos a la batería y a la guitarra. Suenan sin miedo. Si antes de subir al escenario hubo timidez, en el escenario todo es nuevo, se lanzan y no hay quien los alcance. La piel del auditorio empieza a recoger las vibraciones que se imponen en el escenario. Rock–garaje, rock–jazzeado, rock-improvisación. Las definiciones se quedan en el papel. Su música recorre el escenario y recorre los poros colectivos del público. Sin invitar invitan a dejarse llevar, a morir por instantes en esas muertes chiquitas que son cada una de sus rolas. Y uno agradece que no hagan aspaviento ni haya egolatría sin fin para poder disfrutar con asombro de lo que es capaz este dúo en su conferencia de guitarra y batería.

 

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