Loquera Morelense: Cuarenta Días

| El Diego | Ilustraciones: Alex Pina |

La escena en Cuernavaca va en ascenso, pero antes de que eso llegara a suceder, grandes próceres de la tarima han emprendido el viaje de la guitarrita eléctrica en mano, los amigos de la prepa, el cuarto de ensayo donde sea, los vecinos irritados, la canción rezagada que no se deja terminar de componer, la groupie hecha musa hecha novia hecha primera decepción amorosa, la carrera consolidada en el Pit, los deseos de salir al mundo y la muerte repentina. Muchos han caído en fragmentos como la efigie del Ozymandias de Shelley: “¡Mírenme abriéndole a Fulano, poderosos, y desesperad!”. Y al día siguiente, sólo las solitarias y llanas arenas.

Pero sucede que de vez en cuando, en contadas ocasiones a lo largo de la historia, un héroe de tiempos mitológicos se levanta de entre los escombros de su arte y, exiliado en una cueva alejada de las turbulencias del paso del tiempo, mantiene vivo el fuego, ese mismo fuego con el que Hendrix ofreció su guitarra en sacrificio durante el Monterey Pop Festival para garantizarle a los valientes una buena cosecha de riffs para el porvenir. Y todos hemos oído hablar del Kicha.

Cuarenta Diìas

Kicha Baptiste, Kicha del Cármen, o El Kicha, es uno de esos jóvenes maestros de experiencia, uno que ha cabalgado a través de los territorios del rocanrol de Cuernavaca durante muchos años, incansable, haciéndose presente en las pláticas exploratorias que los entonces rockeros en ciernes, hoy rockeros consumados, celebraban uniformados en algún rincón de los patios de su escuela cuando apenas amagaban con formar una banda.

En la época en que el hardcore con screamo, mosh y flecos ultra pegados a la cara dominaba las muestras de furia musical morelense, el Kicha era un referente con los Evans. Yo iba en Bachilleres cuando lo oí nombrar por primera vez. “¿Conoces al Kicha?”, me preguntó una amiga, la buena Talí, cierta vez que hablábamos de música hecha en casa. No lo conocía, nunca lo había visto ni sabía quién era ni qué tocaba, pero su nombre siempre aparecía, aumentando su enigmática omnipresencia, como un nuevo referente discreto en la escena naciente.

El momentum de los Evans pasó, pero no el de Kicha; su vocación pionera lo llevó a iniciar otros proyectos como The Plastic Forks o a participar como invitado en Mía Sonora, que durante algunos años amenazó con ponerse al frente de la avanzada local. Y lo lograron, por un tiempo, antes de ceder al llamado de la erosión y desintegrarse como sus antecesores.

Pero Kicha no está para resignaciones. Su eterno pelo negro crecido hasta la cintura es el testamento de una vida dedicada al rock. La edad del Kicha es un misterio; su apariencia ha sido la misma desde hace años, tal vez décadas. Nadie sabe por cuánto tiempo ha luchado para conseguir lo que hoy podría presumir, pero que su impresionante humildad —y capacidad para perderse de vista— no le permitirá hacer: haber grabado “All The Pretty Things”, el primer disco de Cuarenta Días, una de sus bandas, bajo la tutela de Gordon Raphael, el célebre descubridor y productor de The Strokes, y estar a punto de viajar al Festival Internacional Cervantino para tocar en la explanada de la vieja estación del ferrocarril.

— Inicié mi carrera, por así decirlo, en la música —dice Kicha, sentado a la mesa del Foro Cultural Pepe el Toro, que si comparamos con su presencia en la escena en términos de temporalidad tectónica, es a Kicha lo que el volcán Popocatépetl a la separación de Pangea—, con una banda de “jardcore”, con jota. Tocaba la batería. No hicimos gran cosa realmente, sólo grabar algún demo casero. Después me separé de esa banda y con los años tuve la oportunidad de tocar con otra que se llamaba Evans, que estaba integrada por chicos que tocaban en otras bandas como Linterna Verde o Estática X, de la onda del rock alternativo en los noventas. Pasé años con Evans, y después me incorporé a Mía Sonora en una guitarra, con uno de los ex integrantes de Estática X, de ahí la revoltura entre los cuates. Posteriormente inicié otros proyectos, como The Plastic Forks antes de empezar con Cuarenta Días, pero pues necesitaba… algo más… algo más… más ruidoso, yo creo.

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Junto a Kicha está Eder Olivares, cofundador de Cuarenta Días, un miembro de la banda de ska La Bolonchona, y que aunque gracias a ella ya ha podido rolar sobre asfalto alemán, no ha conseguido hacer a un lado la necesidad de componer un poquito más a la altura de la entraña.

— Yo inicié mi carrera con una banda de covers que posteriormente se llamó María Cantú, ya cuando empezamos a hacer canciones originales —cuenta Eder, dejando ver casualmente que ha formado parte de tres de las bandas más destacadas del estado—. Después me incorporé a La Bolonchona, con quienes ya llevo trece años, más o menos. Pero siempre había tenido esas ganas de hacer música diferente, a mí siempre me ha gustado mucho el rock alternativo, el rock en tu idioma, esas son mis principales influencias. Pero desafortunadamente, o afortunadamente, quién sabe, no había tenido la oportunidad de concretarlo con nadie.

Cuarenta Días, en nombre y espíritu, es el resultado de una cuarentena. “El nombre surge porque en el momento en el que nos juntamos Kicha y yo, estábamos pasando por un receso musical —continúa Eder—. Platicábamos mucho en su casa; nos reuníamos para platicar vivencias del rocanrol, también algunos sentimientos por no estar tocando, y de alguna manera sentíamos que estábamos depurando viejas cosas, pasando por un proceso de depuración; una cuarentena. Y de ahí se nos ocurrió: “Sabes qué… ¿por qué no le ponemos ‘Cuarenta Días’?”, que es más o menos el tiempo que estuvimos echando el cotorreo, hasta que dijimos: ‘Bueno, ya tenemos varias canciones, pues vamos a darle, vamos a presentarnos’, cuando la idea no era precisamente hacer una banda sino simplemente platicar entre nosotros. Pero nos pareció buena idea y se quedó Cuarenta Días.

— Como dice Eder: fue en un momento en el que nos volvimos a encontrar, porque anteriormente ya habíamos trabajado juntos pero no concretamos nada. Necesitábamos esa cuarentena, necesitábamos pasar tiempo sin tocar. Creo que todos pasamos por ese momento en el que necesitamos un espacio para pensar y saber qué es realmente lo que queremos hacer. Yo me tomé un tiempo —admite Kicha—. Eder seguía tocando, luego dejó de tocar. Nos volvimos a juntar. Platicábamos, unas cervezas… nos juntábamos a ensayar sin compromiso; el puro jam. Era más el compromiso de tomarse una cerveza y platicar y desahogarnos musicalmente, tal vez.Cuarenta Diìas 3

— Yo hace tiempo tenía ganas de tocar con Kicha, porque ya nos conocíamos. Me gustaban los proyectos donde participaba, pero no se había dado el instante. Entonces, durante un receso con La Bolonchona, indefinido en su momento, Kicha también tenía muchas ganas de tocar y simplemente nos reunimos para echar el cotorreo, pero nos dimos cuenta de que podíamos hacer algo más de esas reuniones y decidimos presentarnos. Y la pasamos muy bien, porque es un proyecto en donde más allá de buscar el virtuosismo o la perfección, buscamos divertirnos. Nuestra música es muy sencilla pero tiene mucha energía, y nos la pasamos muy bien. Creo que de repente muchas bandas o muchos músicos nos complicamos buscando impresionar con un solo de guitarra o un solo de batería, pero siento que lo más importante es lo que puedas transmitir; que la banda disfrute en el escenario y que la gente que esté escuchando pueda notar esa esencia. Estamos muy contentos de estar tocando.

— Y una cosa nos llevó a otra —dice Kicha detrás de sus lentes de montura roja—: tuvimos unas canciones, de repente surgió el nombre de batalla y entonces dijimos: “Wey, pues una tocada, ¿no?”, y después otra y otra y así sucesivamente hasta que llegó la idea de grabar.

Después de producir su EP “El Arca No Está Lista”, Cuarenta Días se puso a trabajar en “All The Pretty Things”, su primer LP, para el que decidieron convertir en trío el dúo original, apoyándose en el francés Jean-Michel Grevy como bajista.

—Yo ya había tenido la fortuna de tocar con él en “Mía Sonora”. Él era el bajista. Y también él estuvo en receso cuando se deshizo “Mía Sonora”. Cada quien tomó su rumbo. Trabajé con Eder para hacer el primer EP y posteriormente se dio la oportunidad de grabar “All The Pretty Things” y entonces nos dimos a la tarea de buscar bajista, ¡pero realmente es difícil!, porque la banda que toca está muy comprometida con sus proyectos. Es como una relación; no puedes llegar y decir: “a ver, acá también hay rock”. Bueno… a menos de que puedas, de que tengas el tiempo… pero en este caso fue el hecho de que ya nos conocíamos, ya sabíamos nuestra dinámica de trabajo. Lo platicamos, le propusimos la idea y él aceptó. Y así fue como nos convertimos en trío en 2014, en febrero del año pasado. Jean-Michel viene de Francia, es profesor… es un gran bajista y de hecho, es muy curioso, porque tiene un conocimiento musical alternativo muy vasto: es punk, por así decirlo, entonces también le inyecta esa vibra ruidosa a la banda.

“All The Pretty Things” fue presentado este 5 de septiembre en el Foro The Pit, el foro independiente que los vio nacer, el escenario que albergó su primera tocada y al que le guardan un gran cariño. El disco se grabó en abril bajo la producción de Gordon Raphael, quien además de producir a The Strokes, ha trabajado junto a Regina Spektor, Damon Albarn y la banda mexicana Fobia.

— Tuvimos la oportunidad de trabajar con él, lo sentimos muy a gusto y decidimos grabarlo —continúa Eder—. Ese disco particularmente tiene una esencia que nos gusta mucho: nos llena de orgullo porque fue grabado en línea, grabamos al mismo tiempo. Tiene esa esencia de la banda, tratamos de que eso se plasmara: pura energía, en lugar de cuidar tantos aspectos. Somos una banda a la que le gusta hacer mucho ruido, que no tiene broncas por eso, y queríamos hacerlo notar, no tan cuidadito en ese aspecto… no tan pop, pues. Un sonido más crudo. Y de hecho fue la idea que a él le agrado, entonces trabajamos de esa manera. Trabajamos muy rápido, con Jean-Michel trabajamos mes y medio, porque eran los tiempos en los que iba a estar Gordon aquí en México. Y lo hicimos muy rápido. Trabajamos ocho días en el “Estudio 19” del D.F. Y después terminamos la mezcla en la casa de Jean-Michel en Huitzilac. Ese es el proceso del disco. Nos tardamos un poco porque también estábamos sacando varios detalles con Gordon a distancia, porque él vive en Berlín, entonces se lo llevó todavía con algo de chamba. Y finalmente, entre esa chamba y también el dinero, que entre las bandas es un elemento fundamental que no nos deja avanzar tan rápido como quisiéramos, hasta este momento es cuando pudimos generar una maquila, todo lo necesario para presentarlo en forma.

A trece años de tocar con La Bolonchona, Eder irá al Cervantino con sus dos bandas. Kicha, peleando desde tiempos inmemoriales por hacer rock a la vieja usanza, apoyando bandas amigas llevándolas a territorio poblano, ensayando cada vez que tiene oportunidad en el recóndito “El Veinte” de Acapantzingo y conservando la facilidad para escabullirse de todo aquello que lo aleje de la música, ha buscado un estilo de vida aquí y allá sin descanso, hasta verlo, quizá por fin, esta vez, delante de él.

—De hecho el nombre completo del disco era “All The Pretty Things We Leave Behind The Door”, pero lo cortamos —dice Kicha, antes de levantarse de la mesa con Eder y volver a extraviarse en el Centro—. Queríamos dar a entender que en él están las cosas que uno a veces piensa que son hermosas, pero que dejas por hacer otras y que luego añoras; esas cosas que dejaste por tomar cierto camino. Va por la onda de darnos cuenta de que todas las cosas bonitas están en todas partes mientras te guste lo que estés haciendo. Realmente no están detrás de la puerta. O tal vez están detrás cuando la abres, no cuando la cierras por fuera.

 

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