La Loquera Morelense: Chronos

| Diego Gama | Ilustraciones: Alex Pina |

 

— ¡Ah! Dice el morro que “gracias”… —Anuncia Moronatti a todos, levantando la vista de su celular, con el bajo suspendido en el aire. El último acorde de “Mi Lunch” aún se desvanece en el cuarto. Luego ríe, sorprendido.

— ¿Cuál? —pregunta Cuyo con gesto de intriga.

— Pues el niño que estaba ahí, güey.

—Ah, es que de repente se metió un vecino… —dice Tony sentado al sintetizador, observando la puerta abierta.

Un niño de unos nueve años había estado de pie junto a Cuyo y Nano, escuchando el ensayo de Chronos recargado silenciosamente en una esquina. Quizá sus padres preguntaron por él, porque se fugó a mitad de la canción. Pero al menos tuvo la cortesía de mandar un mensaje de texto.

— ¿Qué sigue? —Pregunta alguien.

— “Godzillitah”…

Chronos es una banda de jazz experimental, resultado de poner a convivir en un mismo cuarto a cinco alumnos de música del Centro Morelense de las Artes (CMA): Tony Anzures, líder nato oriundo de las misteriosas tierras de Zacualpan de Amilpas en los sintetizadores, Carlos “Cuyo” Kemp, nieto de marineros, en la guitarra adicionada con pedales de efectos sin estarse quieto, Erik Moronatti (con frecuencia mejor conocido como “Monstruonatti”, por respeto a su proeficiencia digital) mantiene viva la herencia de John Entwistle de The Who en el bajo, Oliver Barrera, reservando su amplio y agudo vocabulario para arrojarlo frenéticamente en frases explosivas a través de su saxofón, y Nano Quaresma, haciendo huecos en los tambores y paredes por igual mientras luce envidiables camisas tropicales.

Chronos

— Bueno, pues lo que se te ofrezca…

— ¿Una chela? —sugiere alguien en el cuarto, un punto de encuentro lleno de escuchas curiosos que entran y salen.

— ¡Ese morro!… ¡es lunes! —apunta otro, alargando su grito.

— ¿Quieres una chela? —me dice Cuyo, sentándose de nuevo en el sillón, terminando oficialmente así con el ensayo de Chronos.

— Estaría bien chingón una chela en lunes —digo yo.

— ¡Estaría bien chido! —admite Tony riéndose.

— ¿Vamos por una?

— Si quieren…

Enseguida se arma la vaca y sale rumbo a la tienda un heroico emisario armado de cascos ámbar retornables. En diciembre próximo Chronos cumplirá apenas dos años de existencia, pero ya abrió un espectáculo para Troker, —la única banda con dos presentaciones consecutivas en el festival Glastonbury de UK—, tiene experiencia Cervantina en su haber y un repertorio de música digna de la Estación Espacial Internacional bajo el brazo.

 —Cumpliremos dos años, pero no siendo Chronos como tal —explica Tony Anzures—, porque esto empezó como un proyecto de “hueso”. Empezó queriendo nada más huesear: huesear es como ir a trabajar amenizando comidas y bodas, tocando… entre músicos así se le dice, güey. Empezó como un grupo de standards de jazz. Era una fusión medio lounge para amenizar. Pero de repente llegué con una progresión, le metimos ritmo… y dijimos: “vamos a hacer unas rolitas”. Y esas rolitas nos llevaron al Cervantino este año.

Chronos se compone de gente diversa en sus gustos. El bajo de Monstruonatti es negro debido a los breakdowns metaleros de su pasado, Cuyo y Tony también conviven en Kempless, un proyecto de rock alternativo aparte, Nano Quaresma bromea citando a Diego Verdaguer mientras rinde tributo a Gorillaz, Oliver no dice mucho, pero sé que sin problemas se llevaría material de Foals o Snarky Puppy o Charlie Parker a una isla desierta.

— Eres muy tropical, Nano —no pude evitar decirlo de nuevo.

 — Pues más o menos, me gustan las camisas.

— ¿De cuadros? —pregunta una voz al fondo.

— Fue herencia de mi padre.

Todos están estudiando en el CMA y a nadie le falta poco para salir. A Cuyo, el más avanzado, le falta un año todavía.

— Y yo todavía no entro ni a la licenciatura, güey… —dice Moronatti, riendo.

— Sin embargo es uno de los mejores elementos que tiene Chronos —agrega Tony orgullosamente, antes de que Nano diga:

—Y a la vez es la vergüenza de su familia.

Todos ríen.

Chronos es jazz progresivo y espacial, capaz de integrar a su pequeño universo las influencias tanto de Agustín Lara y su “Farolito”, como de Araceli, una bailarina del CMA, a quien nadie conoce realmente, pero de quien recibieron el bautismo durante un viaje que realizaron para musicalizar su espectáculo.

 — El nombre de Chronos, de hecho, fue por esta chica, Araceli…—recuerda Tony.

— ¿Cómo nos llamábamos? —pregunta Cuyo, sin querer saberlo.

— Nos llamábamos “Náusica”…

— Qué pedo…

— Lo cambiamos de la nada porque no nos gustaba. Veníamos de una tocada que tuvimos con la compañía de danza del CMA. Veníamos ya de regreso y nos preguntaron: “¿Cómo se llaman?”, y dijimos: “No, pues, teníamos ‘Náusica’ pero no nos late tanto”. Y una de las chicas, que se llama Araceli, nos dijo: ‘¿Por qué no se llaman Chronos?’. Y dijimos, “Bueno, sí suena bien, pero ¿cómo? — le preguntaron—, ¿con “k”?, ¿con “c” nadamás?, ¿con “ch”?. Y con “ch” quedó porque se ve más estético.

“Los Guadalajara” fue uno de los primeros nombres propuestos para la banda, despiadadamente experimental.

— Esa es la idea. Como es instrumental, jazz, nos gusta jugar con los tiempos, las rítmicas y las melodías, para que no se haga monótono. Es lo que hacemos. Afortunadamente tenemos una base bien maciza como para poder jugar con eso —dice Tony—. Y en Chronos siempre hay alguien que está muy quisquilloso buscando algo nuevo o distinto, no es un banda que se quede en un cuatro cuartos para tocar. Hay detalles muy chidos que a veces no se notan.

— ¿Pero cómo hace Chronos para que una canción como “Godzilla, la Madre de la Destrucción” no se le salga de las manos?

— Somos una banda muy democrática. Digamos que yo traigo un arreglo, y puede estar muy complejo, pero no suena. La cosa es: votemos. A mí me gusta, pero quién vota que sí y quién vota que no, puede que haya que desecharla. No se prueba más. Tres contra dos, punto. Si al momento de la votación valió madre, valió madre —explica Tony—. Todos sabemos que así funciona y así va a funcionar. No debatimos: votamos. Y hay que ser muy tajantes en eso, porque si somos permisivos y decimos: bueno, hay que volver a probarlo, vamos a generar más conflictos. Lo que necesitamos es simplificar la idea.

— Aparte hay reglas aquí —dice Moronatti, más monstruoso que antes, llegando al punto crítico de la sesión—: antes de subirnos a tocar, nada de alcohol. Si te subes pedo, nel. Si te subes drogado, nel.

— Es una regla muy importante.

— Sí, nunca nos subimos locos.

— ¿Nunca nadie ha roto esa regla? —Les pregunto. Vamos: es una banda experimental…

— Jamás.

— Estamos muy comprometidos con el proyecto. No hay pedo una chela durante el ensayo, o las tres de regla, pero que no pase de ahí. Yo creo que Chronos es un proyecto que ha despegado de una manera muy curiosa. Esa regla, creo yo, es la que nos ha llevado con mucha fuerza a poder tocar como tocamos, a sonar como sonamos. Fuera de nuestras capacidades, está la responsabilidad y el compromiso de cada uno con el proyecto. Hay días de ensayo y los respetamos.

Cuando cinco tipos traen constelaciones en la cabeza los aditivos quizá sólo impidan su libre flujo. Viendo tocar a Chronos en vivo, puede verse cómo Tony, sin dejar de ejecutar su Piezas de Órgano del Tercer Tipo, asiente con entusiasmo cada vez que uno de sus compañeros acierta en sus frases. Los cinco se dejan ir fácilmente sin soltar el orden ni el tiempo, entretejiendo ritmos y melodías. Y cuando la canción termina, Tony, sonriente, separa las manos del teclado y las agita en el aire, como sacudiéndose el fuego.

— Si tuvieran que definir el rol de cada uno en la banda, como los Beatles (el líder, el introspectivo, el payaso), ¿quién es quién? —les pregunto.

— Eso te lo puede decir muy bien yo creo que Moro, que es el más sobrio de todos.

— Yo soy el que arreo —admite Moronatti.

— Moro es como la mamá, cabrón. Es el que dice que hay que levantarse bien temprano si tenemos tocada en la mañana. Nos vamos a un solo lugar un día todos y él nos chinga en la mañana: “Órale, vámonos, ya es tarde”. O en la fiesta nos dice: ‘ya, wey, ya bájale’.

— A Oliver le gusta el desmadre pero es tranquilón. Es tranquilo, pero cuando habla, ¡pum! Puede ser cagadísimo.

— Cuyo es el showman. Es nuestro frontman. La neta sí nos prende ver a Cuyo echando desmadre.

— Le da mucha vida a la banda.

— Tony es el político, el de las relaciones públicas.

— Nano fíjate que es un elemento bien curioso; es como un niño, un niño berrinchudo. Pero está padre, porque nos obliga a sacar cosas rápido, sabemos que tenemos tiempos contados. Y aparte tiene mucho talento para tocar y me apoya mucho en las relaciones. Sé que me va a echar la mano en buena onda.

— Es súper tranquilo, es el que menos echa fiesta de todos nosotros. Acabamos de tocar y se va para su casa.

Pero “Godzilla” es una rola de él. Sépase que rompe paredes cuando se enoja.

— Ah, porque también le gusta destruir. Los putazos que ves en la pared son de él. De repente agarra a putazos las cosas. De repente está tocando y “¡aguanta, es mi pared!”.

Poseedores de una grandiosa técnica musical, Chronos no pierde conciencia de la importancia que tiene el dejarse llevar, olvidarse del pentagrama y cerrar los ojos para ver el vacío.

— Es que si hay corazón, está chingón —dice Nano.

— Justo hoy platicaba con mi profe que yo trato de no olvidar de cuando componía algo sin saber tanto y me encantaba —agrega Cuyo—.  Conforme sabes más quieres hacer cosas más cabronas, pero a la vez me trato de dejar llevar, porque sabes mucha música, pero si todo es muy insípido, muy técnico… si no hay feeling, siento que pierde.

—Yo siento que si la música está muy cabrona pero no le llega a nadie, no vale la pena. Los más verdolagas de la historia no sabían… las bandas de rock que llegaron lejos.

Después de un rato de plática, deciden seguir tocando.

— ¿Ya no hay chelita, amigos?

 

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