Loquera Morelense: Capital Sur

| Diego Gama | Ilustraciones: Alex Pina |

En algún momento de 2013 toqué a la puerta lateral de La Tallera Siqueiros y me abrió Pedro Mantecón. En ese entonces no sabía cómo se llamaba, ni tampoco sabía que desde hace dos años era el guitarrista y vocalista de una banda llamada “Capital Sur”. En el momento sólo me importaba tener el descaro de pedirle de favor, a quien fuera que abriera esa puerta, que me dejara pasar a las oficinas de La Tallera para imprimir el trabajo final de la clase de guión, que en aquél momento impartía el buen Enrique Gastélum. Me miró atentamente mientras sostenía la puerta gris entreabierta, y luego de no pensarlo mucho me dejó pasar.

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Si ustedes creen en el Karma, quizá eso les ayude a explicar por qué un día el jefe de información me llevó al café de la esquina sin avisarme que lo estábamos esperando a él para que yo lo entrevistara. “Estoy esperando a una banda”, me dijo. Esperamos un rato de pie en la entrada hasta que llegó el mismo compa de la puerta, detrás del mismo modelo de anteojos, y nos saludó de mano disculpándose por la demora. El jefe me invitó a pasar con ellos a la terraza trasera. Nos sentamos en la mesa. El jefe ordenó un café, yo un vaso de agua y Pedro prefirió esperar. Justo cuando me había puesto cómodo para escuchar la conversación, El jefe me propuso como si nada: “Entrevístalo, ¿no?”. La verdad era que el que se había puesto cómodo, con café y todo, era él. Yo estaba ahí para cerrar el círculo.

Pedro Mantecón tiene 32 años. Durante los cuatro que Capital Sur lleva en acción, ha sido su guitarrista, vocalista y manager/diseñador a tiempo compartido con Samuel Alazraki. Formada por “tres cuernavacos más guayabos que chilangos, crecidos acá primaria, secundaria, prepa… los buenos años”, según dijo Pedro, ensayan en Cuajimalpa, Distrito Federal, lo cual explica por qué acudió él solo a la entrevista. “Para mí es un esfuerzo muy fuerte, pero ya, te digo que ya es parte de mi vida —me diría cerca del final de una larga plática—. Yo me voy todos los fines para allá. Cuando estábamos grabando el disco, hasta la novia de Samuel me decía: ‘Oye, ¿cuándo van a acabar, cabrón?’. Porque no es ni tu familia ni nada, somos los cuatro. Yo en ese momento no tenía novia ni nada, porque no tienes tiempo de nada, ¿a qué hora? Es un compromiso.”

Un tal Coco, que cumplió con el casi arquetípico papel del músico que los juntó y que ya no es parte de la banda, contribuyó también a que en sus inicios la banda se llamara Fantasma, “porque había unos fantasmas ahí en donde tocábamos —dijo Pedro—. Yo vivía en Cuautla 9 esquina Juan Escutia. Y la señora que era la dueña del edificio —eran dos casas, en la que él vivía, abajo, y la señora vivía arriba— falleció y nosotros no sabíamos. Y nos pasaban cosas: le bajaban al potenciómetro de los amplis. Te lo juro, te lo juro. O sentías que alguien te estaba agarrando o escuchábamos cosas mientras tocábamos. Y entrábamos en un loop ahí de unas seis, siete horas tocando los fines de semana.

Coco estudiaba en Fermatta. Así conocieron a “John”, Jonathan Guevara, “un excelente bajista que estudió Ingeniería en Audio, no sé qué —me dijo—. Su papá es bajista de estos grupos versátiles de los early Beatles, ¿ya ves que ellos fueron más populares en México que con su onda psicodélica? Los dos son músicos de toda la vida. Y con esa banda batallamos mucho con los bateristas, y un día en una azotea conocí a Rodrigo (Mercado), porque Coco y yo queríamos poner un post de audio ahí. Este cuate era amigo del arrendador, no sé qué, y se estaba fumando un cigarro y ya me dio flojera entrar y me quedé platicando con él y no sé por qué salió que tocaba la batería. ‘Órale, pues nos vemos el próximo jueves’, y dijo ‘¡va!’. Y así empezó. Ya después nos quedamos na’más Rodrigo, Samuel, Jonathan y yo. Capital Sur siempre fueron cuatro personas que querían seguir haciendo música porque no podíamos vivir sin hacerla. Samuel y yo siempre nos hemos juntado a tocar y armado proyectos como un estilo de vida, como que hay un pacto de sangre y aunque estemos chocheando vamos a seguir tocando.”

Capital Sur tiene bajo el brazo el disco “Plano Circular” y ya está dando los últimos toques a “Meridiano”, el segundo. “Lo de Capital Sur agarró un buen de fuerza porque nunca habíamos formalizado nada, como ahora que tenemos el disco. Invertimos nuestros fines de semana porque todos trabajamos en otras cosas, y eso fue la plataforma para hacerlo, también, porque ¿cómo pagas instrumentos, producción, diseño, maquila? Es la neta. Está muy loco el panorama de la música y es una resistencia, yo creo que es un estilo de vida.”

De frente a Pedro pude ver que su visión del embrollo musical es bastante clara. Muy pronto en la conversación me limité a escuchar las anécdotas que, una tras otra, empezó a compartirme, resultado de seguir obstinadamente las ganas de hacer música a pesar de las “horas nalga” que la necesidad de alimentarse hace sufrir, en una —si se tiene suerte— más o menos cómoda silla de oficina, a la mayoría de los músicos.

“Para el primer disco, Jorge, el entonces productor, nos ponía a componer como locos. Yo estaba trabajando en La Tallera veinticuatro/siete porque tú sabes que estos proyectos culturales son muy demandantes. Entonces cuando tenía oportunidad de salir a comer, pues me iba a corriendo a la casa con la guitarra. Era un frenesí. Hubo sesiones en donde ni siquiera tocábamos; nos sentábamos a platicar sobre qué era lo que queríamos. Fue muy padre porque fue la primera vez que trabajamos con un guía y con un orden de qué era lo que implicaba hacer un disco bien. Y más ahora con esto de las redes.

Pero nunca logramos lo de la difusión como quisimos. Para mí se me quedó en el camino un proyecto que era muy importante, que era llegar a Tepito y poder darle el master a la…—dijo Pedro, interrumpiéndose súbitamente—, porque, si te fijas, la piratería está centralizada en México. Tú viajas a Uruapan o a dónde sea y ves las mismas carátulas, las mismas selecciones, las mismas intros… Entonces, tienes que pagar por distribuir, pues más bien esa es la mejor red de distribución gratuita que hay. Pero el tema es que necesitas tiempo para meterte ahí, porque yo no creo que sea muy fácil meterte y que conozcas al bueno luego luego, y que aparte lo convenzas de que vas a vender. No es cumbia, no es banda, no es Maná, ni Paul Van Dyke ni DJ Tiesto. Que hasta ahí tienes competencias muy cañonas, ¿cómo convences tú al pirata de que apoye a la banda local?

La otra era hacer un directorio de radios hispanoparlantes públicas —dijo—. Pero es muy loco porque metes en el buscador, por ejemplo, “Radio Uruguay”… y ya sabes, yo creo que es un malestar de México pa’bajo, o quién sabe eh, que llegues a un ‘info@radiouruguay.com’ y ese mail dejó de existir hace siete años. O nadie lo checa, pues. Fue muy complejo. Necesitas mucho tiempo. Yo creo que la figura del manager sí es… es muy loco, porque en la música dependes de mucha gente. Hacer un disco está muy cañón. Es la producción, el estudio, luego el master, el mix… como que siempre estás dependiendo de externos. Siempre. Y luego lo del ingeniero también, porque tú pues podrás escuchar en los monitores, pero de fuera dices ¿qué pasó?, ¿sí estuvo bien? Para el primer disco llegamos a un acuerdo muy conveniente para las dos partes y no pisamos ningún estudio. Las baterías se grabaron en donde ensayamos y todas las voces, guitarras y demás lo grabamos en el cuarto de la hermana del productor. Fue una experiencia increíble porque ese cuate grabó, produjo y mezcló el disco. Lo dejó en una etapa listo para el master, solo. No le ayudó nadie.”

De pronto nos interrumpió la mesera preguntando si se nos ofrecía algo más. Pedro pidió un café igual al del jefe de información, que seguía escuchando a Pedro al lado mío. Capital Sur grabó en La Tallera todas las voces de “Plano Circular” en sesiones nocturnas porque el lugar tiene una reverberación natural de seis segundos. También grabaron el video de “Norte”, una canción del disco, en el mismo lugar.

“Acto siguiente consigues estas editoriales que te mueven en Spotify, iTunes, Shazam… tú le pones el nombre a la tienda electrónica en la que quieres estar y pagas un abono —siguió Pedro—, pero… digamos que le da vigencia al proyecto pero no te hace mejor, ni peor ni nada. La última vez que me metí todo era sobre el nuevo disco de Coldplay, Lady Gaga y esas cosas. Realmente sigues estando invisibilizado. No estás dentro de los circuitos. Por eso lo del proyecto de la piratería se me hacía muy interesante. Nosotros tenemos la responsabilidad de buscar estas formas de distribución, subterráneas o alternas. Samuel y yo prácticamente nos encargamos de la difusión y de conseguir todo. Todo, todo, todo. Que ha sido funcional, pero ya no tanto. No está padre. No puedes ser manager, booker, diseño, todo. Digamos que tenemos un acuerdo con los demás y así nos movemos: entre Samuel y yo hacemos los diseños, buscamos dónde tocar… pero es un poco desgastante, aunque ha funcionado bastante bien. Nunca terminamos realmente la difusión de “Plano Circular”, pero a mí ya me comían las ansias de empezar el segundo. Y pues ya, empezamos. Terminamos de grabar, sólo falta la post. Se llama “Meridiano”. Ya tenemos el arte, ya tenemos todo. Pero como estas partes de la postproducción y demás son muy demandantes, ya saldrá en el 2016. Y Samuel y yo ya tenemos planteado el tercer proyecto. Porque pues es que no podemos esperar, y ahorita es el momento.”

 En ese momento la mesera volvió con su café. “¿Tienes azúcar?”, le preguntó, y luego revolvió el café dentro del vaso diciendo: “Entonces uno de los planes es producir, producir y producir, lo que el proyecto dure, lo que se pueda. La onda es trabajar. Es salir a la calle a vender el proyecto. Es salir a los cafés y decirles: ‘Oye, me di cuenta de que su selección musical tiene este tipo de música’.”

Reggaeton y música electrónica de antro suenan a un volumen inconveniente durante toda nuestra plática a través de las bocinas del café, distrayéndome del hilo de la conversación a cada rato. Gracioso y lamentable a la vez, a su manera.

“Por ejemplo, en el Cervantino, mientras los demás hacían soundcheck nosotros llevamos tarjetas y hasta a las palomas les dimos. Y vimos la diferencia en las redes. Y, por ejemplo, lo de tocar en el metro —hay evidencia en su página de Facebook— fue una acción muy acertada. Para mí, de manera personal, fue una locura hacer eso. Porque no estás en un lugar predeterminado a una tocada, tú no vas caminando predispuesto a escuchar. Cuando vas a un foro, ya sabes que el espacio funciona para eso, pero el metro es un no-lugar, pues es un lugar de tránsito. Y la gente se quedaba: gente con capacidades diferentes, adultos mayores, señoras que iban con sus hijos, chavos… Y según yo las rolas cambian de significado también. Todo se te regresa de una forma bien fuerte. Hay que salir a la calle. El espacio público es la forma. Ayudarse mucho de los proyectos culturales, tal vez ir a los municipios y ni siquiera tocar, sólo charlar para formar un vínculo, porque también es difícil andar moviendo los escenarios, andar cargando el equipo es una chambota.

En lo de la distribución también estábamos pensando lo de los USB’s; qué tanto nos convenía pedir unos de China. Pero es pagar eso y luego pagar por que le pongan el branding y luego conseguir un programador que enquiste la música en el USB para que no la puedas borrar. Y al final no sale tan barato. Teníamos la inquietud de fondear este proyecto para vinil, pero estoy pensando que más bien vamos a fondear el tercer disco para poder, ahí sí, conseguir un honorario para cada quien, para poder irnos a un lugar a componer. Porque nunca hemos tenido esa experiencia tampoco, como las bandas grandes que sólo se dedican a estar en un lugar y componer. Como los Grizzly Bear, que se ve que esos cuates se meten en un bosque y no salen en un mes, salen ya con el disco y con barbas.

—Así como hizo Battles con “La Di Da Di”. Se fueron de Nueva York a los suburbios para encerrarse por semanas hasta que poner en un disco lo que tenían en la cabeza, —le dije—.

— Es que tienes que atender esos procesos creativos. Muchas veces las mejores rolas salen cuando ya estás caliente, cuando ya llevas varios días seguidos tocando, cuando ya hay un vínculo ahí que sigue vivo. Y también pensábamos en el vinil, que es una cosa que le da otra formalidad al proyecto. Pero también estaba leyendo a Alan Parsons diciendo que hay que erradicar al MP3 y no sé qué, pero pues honestamente ¿quién tiene dinero para comprar un tocadiscos, un amplificador, unas buenas bocinas?… Yo creo que no es rentable, pues. Le da mucha formalidad al proyecto, pero ya en México no hay muchas máquinas. Lo habíamos cotizado: salían como en 35,000 pesos 500 copias. El precio unitario no es tampoco tanto, pero si le sumas la producción del disco… es mucha lana. Para una banda independiente, pues. Pero yo sé que los Hello Seahorse! grabaron el último disco con 500,000 pesos, se fueron a Sonic Ranch. Ya es una lana. Ya es un chingo de lana. Lafourcade hizo “Hasta la raíz” en Sonic Ranch. Quién sabe si sea tan necesario andar en otros lugares. Pero son bandas que ya tienen muchos años, mucha lana. Lo que sí podemos identificar es que sí hay una curva. Tienes que estar ahí. Y son años y años y años de estar tocando. No es gratuito. Esa es la otra cosa, no nada más son esos procesos, también tienes que tener buenas rolas, tienes que tocar bien, técnicamente, y tienes que explotar. Son cosas en las que uno tiene que trabajar. Nosotros estamos en ese punto de autocrítica, de trabajar para sacar lo mejor en el escenario, porque muchas veces la parte técnica ya está resuelta porque las rolas ya llevas tocándolas mucho tiempo.

“Plano Circular” nunca lo presentamos. Nunca lo hicimos en vivo. Jorge tuvo mucho que ver en la selección de rolas del Plano Circular y no precisamente son las más roqueras que tenemos. Muchas son baladas y hay mucho pop ahí, por una cuestión de encajar, de mercado. Nosotros no tocamos siempre eso, y es algo que nos aburre también. La cosa que nos hace muy dispersos es que siempre estamos haciendo rolas, siempre estamos haciendo una cosa nueva. Por eso yo no quiero dejar de grabar y de producir. Más allá de si tenemos mil presentaciones, seguir componiendo y seguir sacando cosas.

Qué loco —dijo pedro de pronto, echándose hacia atrás—, creo que nunca presentamos formalmente el “Plano Circular”. Que es una cosa que nos emociona mucho, presentar ahora sí el “Meridiano” como se debe. “Meridiano” viene más sucio. Más sucio y más directo, Vienen rolas con estructuras no convencionales. Por ejemplo, hay una que es como un himno de nosotros que luego luego después del primer verso, sin tener el coro, ya está el solo. Ya es el clímax. Vienen rolas que se gestaron durante la etapa de Fantasma. Rolas de esas épocas. El tercero queremos que sea más acústico, porque es algo que hacemos mucho pero que no hemos tocado y no hemos puesto en una grabación. En “Plano Circular” se trató de hacer un proyecto que tuviera pies y cabeza, un principio y un fin predeterminados, muy pensado. Era la búsqueda interior. No son rolas de amor, pues. No son rolas de amor y desamor.

— ¿Qué tan limitante puede ser trabajar con un productor estricto?, —pregunté—.

— Están bien los límites. Seguramente en la música y en cualquier proyecto se han perdido mil cosas en el aire, muy increíbles. Pero es que la selección fue muy democrática. Votábamos. Yo decía ‘Hay que grabar esta’, y no. Se pierden muchas cosas. Pero sí vas aprendiendo, esas cosas no pasan en vano. Por ejemplo, ahora estaba viendo el encuentro en el estudio con Jorge Drexler. A ese cuate le hicieron un contrato por tres discos y al cuarto ya lo iban a mandar a la fregada, osea, no pegó. Y cuando pegó, pegó en Argentina, y porque andaba de gira con Sabina. Por un azar del destino, también. Son cosas que van pasando ahí. Yo no sé si este segundo disco pase desapercibido, y el tercero también, y hasta el quinto…  Osea, el otro día estaba escuchando que el Bocafloja tiene siete discos. Esos son huevos. Esa es una pinche determinación cabrona. Lo que veo es eso: tienes que estar ahí, y tienes que estar ahí, y tienes que estar ahí. Y no pararte, tampoco, no frenarte. Porque también hemos visto que nos dicen que hay que tocar en todos lados. Yo creo que no, también hay que elegir las batallas, hay mucha gente que se aprovecha de uno. Es fuerte, eh, porque hay gente que es como el de “Whiplash”, y hay gente que es como la persona con la que estamos trabajando ahora, que es muy libre. Jorge es muy rígido, casi militar, el de “Plano Circular”. Nos traía como en el Fat Camp: ‘¿Por qué tocaste eso si no tenías que tocar esa pinche nota?’. Así, y se ponía heavy el ambiente. Pero su neurosis sacó esa cosa adelante, porque nosotros éramos muy dispersos también. Nos gusta echar un chingo de desmadre y echar las chelas, y él nos puso a trabajar, cabrón, ‘¡órale!’.

Y con Gabo Morfín, el de “Meridiano”, todo es muy libre, y yo a veces como que digo: ‘ay, cabrón…’ Por ejemplo, ahora estamos haciendo los arreglos de postproducción, y Jorge sabía perfectamente qué nota y tono iba, sabía tocar guitarra, bajo, piano, batería… si le quería enseñar algo al baterista, le decía: ‘A ver, comper, es así cabrón, toca así’. Pero Gabo tiene mucha energía y eso ha permitido que nosotros nos metamos más en el proceso. Y esa influencia la puedes ver hasta en las instituciones: las consecuencias vienen de arriba, de la cabeza; si es rígido o no es rígido, si es amoroso o no es amoroso, si es permisivo o no es permisivo. Y ahorita apretamos tuercas. Ese disco lo queríamos presentar en el Cervantino, pero como son cosas que no puedes controlar, pues no se dio. Ahorita lo que conseguimos es que Jenny de los Mexicats se aviente unos coros, y también Ale de Ruido Rosa. Está chido, ahí vamos. Ojalá el próximo año podamos presentar el “Meridiano” en el Teatro Ocampo. Y seguirle, explorar los espacios públicos. No sé qué tan conveniente sea estar tocando todos los fines de semana en una ciudad tan chica, aquí en Cuerna. El D.F todavía tiene lo suyo, tiene sus públicos. Como lo de los metros: que puedes estar en Salto del Agua o en Chabacano o en Universidad. Ese es el proyecto que se viene, y si podemos meternos a lo de la piratería sería ideal.

Además de haber tocado en el festival “Vaivén” en Tequesquitengo junto a Capital Cities y Los Amigos Invisibles este año, la canción “Átomo”, primer sencillo de “Meridiano”, aparece en el octavo capítulo de la serie “Club de Cuervos”.  “Sí te puedo decir que todo ha ido de menos a más —dijo—. Nuestra forma de ver las cosas, de trabajar, de tocar, de cantar, de componer, de todo. Ahí vamos. Hay muchas bandas que lo están logrando de manera auto-gestiva, pero sí con managers. Ya como hacer una onda de ‘sí, ayúdennos’. Porque sí necesitas esa figura, alguien que vea todas las cosas que tú no ves y que las atienda. Porque nosotros nos empezamos a pelear y tuvimos una época muy chafa este año, porque, imagínate, nos preguntábamos: ‘¿Oye, tú qué hiciste por la banda esta semana, cabrón?’, pero quizá no está en tu personalidad, o no tienes los mismos contactos que el otro o no sabes de diseño. Hasta que yo pensé, pues es que los músicos realmente lo que tienen que hacer es tocar, no tienen que andar de gestores y demás. Está muy cabrón. Nosotros nos peleamos muy fuerte, ya peligraba la amistad. Y dijimos ‘que lo haga alguien más’. A mí me da nostalgia porque ves a un grupo de personas que se quiere y se respeta, como un hogar, como lo ha hecho Radiohead. Es muy difícil, es como tener cuatro relaciones de pareja, porque cada persona es distinta. Está chido. Una de las cosas más padres de esto es la amistad con cada uno. Este proyecto nos ha ayudado. Se refleja en muchas otras áreas de nuestras vidas.

—Pero cómo conseguir un manager sin lana… tienes que gustarle un chingo…—

— ¡Sí! Claro, definitivamente. Yo empecé a grabar todos los ensayos. Él nos había escuchado unos meses antes y había quedado por ahí. Quisimos trabajar con otro estudio entonces, pero tienes que conectar. Sí tienes que conectar. Puede que un productor sea muy fregón, pero igual no conecta con tu género o con tus rolas o contigo, y ahí ya no hay pa’ dónde. Es como con todo. Y ahora para presentarse como grupo, es de volada; tienes que tener un trato muy padre con el ingeniero, porque si al ingeniero le caes mal, ya valiste gorro. O si es un bar, con el gerente. Todo, todo influye. Entonces tienes que llegar casi maestro zen: ‘Lo que tú me digas, cuando tú me digas’. Y cuando te toque, también hacerlo, porque si no, es: ‘Estos güeyes vienen a chacotear’ y no sé qué. No siento que las pruebas de sonido, por ejemplo, sean lo mío. Se necesita mucho colmillo para hacer esas cosas bien.  Es lamentable que la gente no vea las cosas que hay detrás de lo que hacemos. Desde conseguir la lana para los instrumentos, los pedales. Las horas nalga pensando cómo le vas a hacer y demás.

Hay un silencio. Suena música de rave en el ambiente y mi mente se va a la playa.

— Pues vámonos  —dice después de un rato el jefe de información—, porque hay mucha chamba todavía.

 

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