Loquera Morelense : Akapulke

| Diego Gama | Ilustraciones: Alex Pina |

El Kena sigue hundiendo cada vez más el acelerador del coche de su madre. Son las tres de la madrugada de un sábado, y yo, con la vista fija al frente, observo pegado al asiento cómo la autopista se arroja sobre mí a toda velocidad, atravesándome el estómago. El Kena, encorvado sobre el volante, le da un trago a su cerveza sin apartar los ojos de la pista, y con la misma mano, sin soltar la lata, jala la palanca hacia atrás, lentamente, como en un ritual, disfrutando ese creciente instante en que el coche ruge y se impulsa amenazadoramente hacia la siguiente curva.

Después del ensayo de Akapulke en casa de El Mara —era la una de la mañana—, Charlie y yo subimos al coche para que El Kena nos acercara al centro. Kena encendió el estéreo y Blue Suede Shoes de Elvis cimbró los asientos. Fuimos hasta Altavista para dejar a Charlie en su casa, pero El Kena cambió de planes apenas llegamos: “¡Deja tus cosas y vámonos a dar el rol, Charlie!”. Minutos después atravesábamos la desierta avenida Zapata, en dirección al entroque de la Paloma de la Paz con la autopista del sol.

-¡Vamos a matarnos, Diego! ¡Ahorita regresamos, wey!

Akapulke

Akapulke es una banda de punk con diez años de trayectoria. El Kena, bajista, vocalista y líder del movimiento, se unió como miembro fundador para hacerle una parodia a “un wey que venía de Oaxaca”. En la alineación actual es el único miembro original. “Los demás se hicieron contadores, no sé qué… licenciados y mamada y media. No les gustaba el rocanrol. Fue sólo una etapa para ellos.” Charlie, compañero de Kena desde hace muchos años, es el guitarrista y coautor de las letras, e “Indomable” completa la alineación en la batería. Sin ser su música puramente punk (ya que pueden notarse influencias fuertes del blues y el rockabilly), su actitud es la de la sátira indiscriminada. Akapulke es el punk entre los punks.

“En los primeros shows empezamos a ponernos máscaras y a pintarnos la cara porque nos clavamos con esta onda subversiva, entonces pensamos que tenìamos que ocultar nuestros rostros, wey. –explica El Kena-. La primer tocada fue un 2 de octubre, nos invitaron los del Colectivo Zurdo, que creen en la libertad, la revolución, el graffiti, todo eso… chavos de sociología. Y yo empecé con la mamada ésta de la máscara. Saqué la del Santo, me la puse y empezamos a decir mamadas. La idea era ridiculizarnos a nosotros mismos, wey. Humillarnos nosotros para poder humillar a los demás.”

Entonces, en 2014, los vi vestidos de traje catrín sobre el escenario del Pit, un cambio motivado por los nuevos aires que zurcaba uno de sus integrantes en ese momento: “El Charlie estaba de asalariado, de maestrín dando clases de inglés, no sé qué pedo wey, entonces andaba de traje todo el tiempo. Y entonces dijimos: ‘qué tranza, pues yo también tengo traje. ¡Vamos a la verga, wey, de trajes! Y cuando metimos los trajes gritábamos: ‘¡que chinguen su madre los pobres!’. Era una prueba para la banda que era subversiva, era como decirles: si eres muy libre y todo el pedo ¿por qué también te daña?, ¿por qué te sientes mal si traigo un puto traje? Si soy igual que tú… Entonces cuando les dices: ‘que chinguen su madre los pobres’, te dicen: ‘no, ¿por qué dices eso? Y nosotros tocando la música, con el estruendo, todo ese pedo que les gusta, de pronto decimos eso y todos piensan: ‘no, pero yo soy pobre’… no mames, tú no eres pobre: el sistema te dijo que tú eres pobre. Pero eso ni existe, la neta. Y en esa tocada se escamaron porque íbamos de trajecito y corbata.”

“¿Entonces ustedes son punks?”, preguntó un miembro de La Bolonchona, quien por alguna razón, junto con otros dos de los integrantes, estaba en la casa de El Mara la misma noche que Akapulke, por primera vez juntos.

“Pues, no somos nada, más bien”, contestó Kena. “La escuela y la música, sí, pero evitamos el prodigio y ese pedo; la idea es decir en corto. Y empieza chingón la carrilla con los punks, pero ya con ese chiste de los pobres todos se prenden.”

“Quisimos probar la tolerancia de los punks y vimos que no tienen”, agrega Indomable. Y por último, Charlie sentencia con lo que puede ser el concepto que ha mantenido junto al proyecto a través de tanto caos y tanto tiempo:

“Se tiene que hacer en ese medio, porque se supone que los punks están rompiendo todo el desmadre, ¿no? pero si no se puede romper uno mismo, entonces es una mentira todo, wey”.

El Mara, un hombre moreno de unos cincuenta años, tiene una tienda de abarrotes y renta su casa en Flores Magón para bandas que necesiten equipo y espacio para ensayar. Entre conocedores, es una enciclopedia de la música y símbolo de una vida dedicada al rocanrol. Yo lo conocí esa noche, y al discutir el punk, su postura hacia Akapulke mostró ciertas reservas:

“A ver, mira –me dijo-, es que ¿qué harías tú si te rifaras por una banda, vieras por ellos, les consiguieras toquín en otro estado, les consiguieras transporte, comida, alojamiento, firmaras un contrato formal, y a la mera hora los cabrones no llegaran? Yo me safo y no vuelvo a tratar con ellos en la vida, carnal.” No le pregunté, pero es seguro que con Akapulke ha tenido desencuentros. Es imposible no tenerlos. El Mara cuenta que dejó a su familia por seguir en el rock. Su vida es promover la música. En su casa ensayan bandas de punk que respetan los tratos, llegan puntuales y huelen bien. Y Akapulke. “Y si tú pagas un boleto para ver a Akapulke, por ejemplo –continúa-, y ellos no llegan… ¿cómo te sentirías?”.

Sentiría que el punk está vivo, que el dinero que pagué se ha redimido y habita en un limbo entre la libertad y la pureza. Porque la rebeldía pura, por definición, no es algo con lo que uno pueda comprometerse.“Lo que dice El Mara es aceptable –admite Kena-. El pertenece a la vieja escuela, pero yo ya pasé por todas esas ideologías. Ahorita creo que somos un virus, y como virus tenemos derecho a entrar en cualquier cuerpo ajeno, y destruirlo”.

Para ti que vives en el alucín

Y que ya no puedes bajar,

Para ti que vives dentro del alucín

Y que nunca más regresarás.

“Un día estábamos en El Nido y ya se había acabado la droga y todo el pisto y dijimos: ‘pues vámonos a las calles a buscar problemas’. Nos pintamos de guasones y salimos con las guitarras a ver qué pedo. Entramos al Red Xolo ¡y al pinche Charlie lo reciben con un putazo y un botellazo en la cabeza! ¡Madres! Cuando veo, el Carlitos ya estaba tirado en las escaleras y se venía toda la bandota. ¡Vámonos, wey! Corrimos como tres cuadras hasta la casa, ahí estaban otros compas, salimos de regreso ya cada quien con un machete y un hacha. Empezó a llover, el maquillaje escurriendo… que me subo en un pinche carro, y ¡madres! A desmadrar el pinche parabrisas, el tablero, el quemacocos… luego nos enteramos que era el carro de una amiga… lo tuvimos que pagar, nos dijeron: ‘ya sabemos dónde viven’, y total que sí, wey, sí dieron con nosotros…”

El punk de Akapulke trasciende “Buenas y Malas Decisiones”, “El Valiente”, “RomaNo”, “Fétidos” y el resto de sus canciones; alcanza las calles y dicta la actitud que tienen hacia sí mismos y hacia el papel de la banda en la escena del rock. Akapulke es un kamikaze, Laika en el espacio; es un espíritu temerario que no tiene reparo en desafiar los cimientos de lo que sea que se le ponga delante.

¡Que chingue a su madre Batman y todo tipo de autoridad!

Akapulke ha estado a punto de morir en muchas ocasiones. En otras tantas ha muerto y regresado a la vida. Charlie es capaz de pasar a través de un ejército de “mamados”, porque quieren partirles la madre a todos, menos a él. El hecho de que en diez años no tengan ni una sola grabación profesional los convierte en una especie de mito del punk: una fuerza creadora y destructiva, a tal grado que el estatismo y el registro son una afrenta para su continuo movimiento. “El punk no se compromete con nada –grita el Kena, al volante-. Nosotros somos libres, cabrón. Jamás en la vida, wey. Nosotros no somos punks, Akapulke no es punk, yo no soy punk, pero el compromiso es para los perdedores, es para la gente débil que tiene miedo a cambiar. Nosotros somos libres en cada momento, hemos visto el infierno, el suelo, alguien tiene que morir para que otros puedan vivir. ¡Un saludo para mi camarada El Fobia!…”

Cuando le pedí al Kena que me dejara en Tlaltenango, pisó el acelerador, aulló, y se metió a la autopista con Burn de Deep Purple a todo volumen.

— ¡Sobres Diego, grábalo wey!—, me dice retadoramente, mirando de reojo la grabadora que llevo en la mano, — ¡síguenos preguntando, wey!

—No te agüites, Diego. Vas a ver que no pasa nada. Nosotros no podemos morir, ese es el pedo, wey.

—Ya lo hemos intentado.

—Ese es el pedo. Sus pinches teorías objetivas no importan, lo que importa es el rocanrol. Nosotros no vamos a morir, no vamos a morir, wey. Neta. Los rolling stones, mis respetos, y ellos saben que los respeto, wey, y por eso me van a dar viagra. ¡Aaaaaghhhh, jaja! Es que el rocanrol es como las caricaturas: hay un infierno. Pero la gente no lo cree, wey. Hay pacto, hay gente atrás, o no sé cómo se les llame… espíritus… no sé cómo se les llame a esas mamadas. Hay magia, hay loquera, hay cosas gachas. ¡Neta, wey, eso es verdad!

—Lo que es vivirlas y verlas.

—A hueeevo. Si no… pues eres un perdedor hablando de música.

—Hace mucho ya nos hubiera llevado la verga…

Admiro a Akapulke porque ellos hacen algo que yo no soy capaz de hacer. Yo no soy punk; yo me pongo el cinturón de seguridad.

Quieres vivir en un mundo que es de fantasía,

Quieres vivir en un mundo que no es de verdad,

Quieres vivir en un mundo que es de fantasía,

Quieres vivir en un mundo que no es de verdad.

 

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