L’Arrosoir d’Arthur

Fotografía de Vera Castillo

 

Por Amaury Colmenares

 

 

||| En la calle Juan Ruiz de Alarcón, en la planta alta del edificio que en el siglo ante pasado formó parte del Teatro Morelos, entrando por un zaguán oscuro que lleva a unas escaleras de roca, se encuentra uno de mis lugares favoritos: L’Arrosoir d’Arthur. Cuando digo “favorito” no me refiero a que me resulte simpático o a que yo considere que es recomendable, me refiero a que lo visito prácticamente a diario.

Es mi lugar preferido, básicamente, por la variedad. Por la mañana entra un sol pleno y lacerante por los amplios ventanales, aumentado por los muros blancos del Hotel Iberia. El corredor queda dividido en franjas de luz y de sombra.

A esas horas se puede desayunar. Con menos de cien pesos (es feo hablar de dinero cuando se habla de comida, pero uno no puede contra sus malos hábitos de comer cuando hay) a uno le dan pan francés (ahogado en leche, con chocolate líquido y miel), café, ensalada (de lechugas con zanahoria, germinado de soya del gordo, jitomate, semillas de girasol y el aderezo que le da la personalidad) y una extensa variedad de omelettes o crepas que van desde los aburridos (de espinacas, que entusiasman mucho a los vegetarianos, pobrecitos) hasta lo excelso: papas con salchicha italiana y queso. Abundante y bueno, las dos virtudes universales del desayuno.

El decorado es vintage (muebles de bazar, lámparas de teatro, televisores de bulbos y pianos). Los techos son altos y el piso es de duela. La atmósfera se completa con el buen gusto musical y la naturalidad de los meseros. A medio día las sillas quedan candentes y todo es claridad y viento.

Los dueños, Amaury -sí, es mi tocayo- y Benoît son entrenadores de rugby en la UAEM. No puedo recordar la primera vez que fui al lugar ni qué impresión me produjo, pero tengo clara la primera ocasión en la que estuve presente mientras su equipo de rugby festejaba una victoria. El lugar se llenó de una marabunta de hombres en ropa deportiva que vociferaban cosas de deportistas vencedores. Alguien tenía un afro inmenso. Quizás era una peluca, quizás no.

Por la tarde todo adquiere un tono más cremoso y la cocina se toma un descanso. Después comienzan las comidas. Por menos de ciento cincuenta pesos, ofrecen menú completo de platillos franceses. Es la hora en la que la temperatura baja y comienza a llegar más gente.

Mi estándar para evaluar la carta de un lugar es el expreso. La máxima puntuación se alcanza cuando este tipo de café es bueno y barato. Si es aguado y costoso, estamos ante un lugar pretencioso y que no merece sino la furia de los cielos. En “Los Franceses” el expreso cuesta quince pesos y es el mejor del centro.

La variedad de bebidas es asombrosa: naranjadas, limonadas, té de bolsita e infusiones, vinos, cervezas artesanales, mezcal… Quizás por eso por las noches, especialmente las de fin de semana, se llena.  A partir de las seis todo se anima. Se ocupan las mesas de afuera y la gente se esparce incluso en el patio del edificio, alrededor de la fuente que desafortunadamente casi no ponen a funcionar.

Otro estándar de evaluación para un lugar: la diversidad de sus parroquianos. Si un lugar está lleno de gringos (que espero que por el bien económico de todos nosotros regresen pronto) quiere decir que es caro aunque pintoresco. No voy a poner más ejemplos porque no quiero ser tachado de prejuicioso. El caso es que en “Los Franceses” la clientela es de lo más variada: desde jóvenes artistas hasta familias de paseo. Para todos hay algo.

Otro estándar: el nombre. Si una pastelería se llama Excelencia ya sabemos que el merengue sabe a crema para afeitar con azúcar. Si un restaurante se llama Hacienda del Centro… bueno, supongo que queda claro el punto. Pero este lugar tiene un nombre que ofrece un reto tan grande que despierta la creatividad de los cuernavacenses: L’Arrosoir d’Arthur. ¿La apóstrofe se pronuncia? ¿Qué quiere decir la “d”? ¿Quién es Arthur? Como la vida no tiene subtítulos y la gente no se ha interesado por simplemente traducir el nombre, el lugar ha sido rebautizado como “Los Franceses”. Sencillo, claro y funcional.

Por todo lo anterior yo casi diario estoy ahí. Desde la mesa que me gusta (en la que se ha pintado a mano un tablero de backgammon que nadie usa) se ven las copas de los árboles de la Casona Spencer sobre los muros blancos de las construcciones que se levantan al otro lado de la calle estrecha. L’Arrosoir d’Arthur está a punto de cumplir su quinto aniversario y les deseamos muchos más.

Publicado originalmente en La Jornada Morelos.

Por Amaury Colmenares