La loquera Morelense: Los Pápalos

| Diego Gama |

| Ilustraciones: Alex Pina |

Enfrentados al asombroso calor que hace en un departamento de Avenida Morelos, un par de caballeros jocosos y sofisticados está sentado junto a la pantalla de una computadora, con sintetizador y Padilla a la mano (el nombre propio con el que llaman a su pad de percusión electrónico), esforzándose por dejar a punto una nueva canción. El calor podrá ser muy fuerte, pero su embate no es rival para la dedicación de Lolo y Diego, y mucho menos para el enorme poderío de un ventilador giratorio y un gallo encendido.

Lolo, nacido entre las altas matas de Atlacomulco, recibió de regalo una batería cuando cumplió quince años. Diego, nacido bajo la sombra de los edificios del D.F, llegó un par de años después a Cuernavaca, donde se conocieron. Con un amigo en común formaron De Caballeros, una banda de progresivo y funk. Más tarde, la salida de ese amigo en común provocaría el nacimiento de Los Pápalos.

“Nos sentamos con la computadora a suplantar al vato que se nos había ido. Fue más por necesidad que por una cuestión de querer adentrarnos en ese concepto. De desmadre solía decirle a Lolo: ‘En lo que está De Caballeros, ¿por qué no hacemos una banda como medio electrosa?’. Y cuando salió Isaac, Lolo me dijo: ‘qué pedo, ¿por qué no le seguimos con Los Pápalos?’ En ese entonces ya tenía nombre, se lo puso Lolo, pero era como un chiste entre nosotros. Yo no quería. Luego llegué un día y dije ‘¿sabes qué?, ya pensé y Los Pápalos sí me gusta de nombre’. Pero esto era un proyecto en nuestras mentes, alterno a De Caballeros. Ya llevamos diez años tocando juntos, nos agarramos la onda bien cabrón. Pero a partir de eso empezamos a componer todo así, lo que nos llevó a muchas más complejidades.”

Los Pápalos es una banda que unifica dos procesos de composición: orgánico (batería acústica y guitarra amplificada) y electrónico (Padilla y otros efectos sintetizados producidos por computadora). Los escuché por primera vez en 2012, en un concierto organizado por #YoSoy132 en la Plaza de Armas. La presencia estridente de lo que estaba saliendo por las bocinas había dejado quietos a varios de los que pasaban por ahí.

Los Paìpalos

“¿Quieres ver cómo componemos los sintes? —Me preguntó Diego, dándome la bienvenida al cuarto de ensayo—, en eso estamos metidos. Es interesante, pero puede ser raro, es muy repetitivo y muy técnico, no es para nada el show del rock, la pasión y la locura. A mí me divierte mucho, pero sí es más ingeniería y composición que rock y destrampe.” Me senté y lo primero que me quedó claro sobre Los Pápalos fue la dedicación que ponen en la construcción de su sonido. Lo electrónico llegó por accidente, lo integraron y lo han estado puliendo por cuatro años: “No teníamos ni idea de las cuestiones electrónicas —admitió Lolo desde su silla, entre una nube de humo blanco y espeso—, yo solía hacer menos el trabajo de los DJ’s. Sé que hay unos que nada más le dan play y ya, pero lo que se refiere a una producción electrónica seria es un pedo, y yo no lo tenía contemplado, no lo tienes presente hasta que realmente empiezas a hacerlo.”

“Nosotros tuvimos que aprender el pedo del audio, la ingeniería —dijo Diego—. Una parte son los sintes, y si no están ecualizadas las tres cosas, es difícil. Una vez sonaban como de fondo, pero Lolo y yo estábamos vueltos unos locos y como era una tocada de rock no importaba tanto. Pero hubo otras en donde hubiera sido mejor que sonara más electrónico que orgánico, lugares más fresas. Todo un pedo, pues. Lo chido es que, aun así, tienes que invertirle mucho tiempo a cosas que van más allá de componer y de tocar. Organizar el audio, qué vas a llevar, cómo lo vas a usar, qué playlist vas a tener… Aparte, como no puedes vivir de eso, hay momentos donde tienes un chingo de chamba y está cabrón.”.

La estrategia de sobrevivencia para Los Pápalos, además de su gusto por componer, está en enfocar gran parte de sus energías en verse a sí mismos como sus propios managers, invertir el tiempo y el dinero concienzudamente, asumiendo sólo ellos los múltiples roles que en la industria se reparten sobre muchas espaldas: “Los músicos nos clavamos en cosas que sí son muy importantes, pero ahora con todo el pedo independiente lo que tienes que aprender es a tomarlo como una empresa. No en el sentido de acumular dinero, sino más en el asunto de la organización. Luego tenemos ensayos que son juntas, hablamos sobre qué pendientes tenemos… Siempre queremos y procuramos tocar, pero hay toda una lista de pendientes ¿A qué le vas a invertir dinero? ¿Dónde vas a hacer el arte? ¿En qué convocatorias participas? Planeación, tal cual. Entre más organizado seas en eso, mejor.”

Es difícil sacar adelante un proyecto que nace en la fiesta, valorarlo con rigor y comprometerse con él. El proceso es largo y, como admiten Los Pápalos, las reacciones del público ante lo que haces es el motor principal de la continuidad: “A mí me gusta la fiesta —matiza Diego inclinándose sobre el sillón—, hubo una época en que tocábamos todos los fines de semana, una época bien chingona. Eran tocadas que nosotros conseguíamos porque dijimos: ‘wey, hay que ir a todos los lugares del mundo a ofrecer nuestra música. Les decíamos: ‘déjanos tocar aquí gratis’. Al inicio nunca cobrábamos, decíamos: ‘pues ni pedo, así tiene que ser’ —continúa Lolo—. Empezamos a cobrar hasta que nos empezó a costar. No es porque diga: ‘que me paguen, wey, es mi chamba’. No, no es mi chamba, lo hago porque me gusta. Pero por ejemplo, nos invitaron a Puebla, y nos dieron viáticos. No es que les quieras cobrar, pero la cosa es que mi música no me cueste. Si empiezo a producir pues qué chido, mientras no me cueste está bien. Fue chistoso: con Los Pápalos siempre hubo un recibimiento muy chido de parte de la banda. La gente se ha portado muy amable. Desde el principio nos trataron muy bien. Siempre llegaban y nos decían: qué chido. Gente que nada que ver con nosotros, en lugares muy alternos, nos lo decía. Y eso te anima mucho, dices:’ no estoy perdiendo el tiempo’.”

Su tendencia hacia la experimentación equilibra ese orden. Durante aquél viaje a Puebla, alguien les preguntó por qué habían ido hasta allá, y los dos, al mismo tiempo, contestaron: “Por la aventura”. “En ese momento nos dimos cuenta de que queríamos lo mismo —recuerda Diego—. Eso no implica que seas poco profesional, sino que te da el sentido de lo que quieres, te evita estar cerrado. Hacer música para tener aventuras con ella ya es un objetivo que me parece bastante claro. Te permite experimentar. Hace poco nos invitaron a sonorizar una película y, ¿por qué chingados no? Está poca madre.”

Repentinamente me distrajo el darme cuenta de que Diego estaba usando la misma marca de calcetines que yo. La plática se desvió hacia temas menos técnicos —pero igual de apasionantes—, y terminamos hablando sobre los beneficios de las albercas y los jacuzzis. El sol empezó a meterse.

Con Los Pápalos repites…

Los Pápalos son organizados en todos sus aspectos, pero el de mayor importancia tiene que ver con la precisión con que Lolo azota los tambores de su batería, conviviendo sin problemas con los loops que la máquina le arroja a los oídos, levantando las baquetas por encima de su cabeza para dejarlas caer con saña sobre el dócil parche de su tarola. El perfeccionismo es una virtud que han adquirido, no sin su natural dosis de dolor, con el paso de los años. “El metrónomo es una súper herramienta, yo la sufro de locos –admitió Diego-, pero ahora ya no ensayo sin metrónomo si no está Lolo. Pero es una cosa que como que hace algo interno… si los dos caen al mismo tiempo le da un orden a la música bien chido. No es que lo logre todo el tiempo, no creo que alguien lo logre perfecto.”

“Yo me empecé a sentir muy bien cuando iba a conciertos y veía a la gente equivocarse —añade Lolo, diciendo lo que todo músico independiente pagaría por escuchar—, Chet Faker, Dream Teather… que igual no es un error tan cabrón, pero dices: ah, ok. También el pinche Tom Yorke que se le va el audio y dices: ¡ah, ese puto también tiene pedos! Entonces te sientes mejor, la neta. Pero está chido, te enseña que es un pedo con el que se tiene que lidiar.” “Fuimos muy locos —concluye Diego—. A nosotros nos valía madres el metrónomo, pero ahora muchas veces digo: ‘ah cabrón, qué pasa ahí’. Y había buenas ideas, pero no estaba sólido. Era un ensayo. Tuvimos varios procesos antes de este. Yo le tenía mucho miedo, me ponía nervioso, pero es constancia, ensayar con él, no es nada del otro mundo, si tú te disciplinas y lo haces todo el tiempo que puedas, con constancia, no lo dominas, pero deja de ser una penuria en tus hombros. Yo me di de madrazos, y sé que le pasa a todo el mundo.”

Actualmente, Los Pápalos trabajan en construir shows distintos para cada tipo de lugar y público. Uno más orgánico, otro más electrónico y uno más que incluya a los dos: “Digo, todo esto son debrayes nuestros, pero el asunto es buscar hacerlos, decir: tengo esta pinche idea y a ver dónde chingados me van a dejar hacerla. Lo bueno es que ya por fin la gente nos busca y eso es poca madre porque te da lugares donde poder hacer tus mamadas, básicamente. Nos gusta tocar duro, que suene el ruidero, pero hay momentos en que no puedes tocarlo así, por el lugar, por ley, y si lo tocas así, hay momentos en que no lo va a disfrutar nadie… Ya con la bataca eléctrica (Padilla) puedes tener otro show completamente diferente. Si tienes una tocada con público al que le gusta lo pesado, pues lo tocas pesado.”

Lolo y Diego se conocen perfectamente. Los aportes individuales durante la composición pueden parecer distantes por separado, pero al unirlos, son como una solución fluorescente en un matraz humeante. “Siempre nos ha gustado la experimentación. No el género en sí. Siempre tocamos en tiempos raros porque nos gusta la loquera del rock progresivo. Los Pápalos son aventura y experimentación. Tocas lo que funciona para lo que creas que está. Yo hago una lira con una idea y luego Lolo saca una bataca que no esperas, pero que le da cierta originalidad y me sorprende. Lo que más disfrutamos es componer, sin duda. Me he dado que muy seguido componemos una rola, y decimos: ‘ya está’. Luego la tocamos en vivo y decimos: ‘sabes qué, creo que aquí hay que cambiarle’. Y le cambiamos. Y hay rolas que ya no son lo que eran. Se han transformado. Está chido poder manipular eso e ir jugando. Es un proceso que a veces no termina. A veces un año después decimos: ‘igual y aquí córtale y mételo acá’, o ‘esta idea era muy buena y a lo demás no le rayamos tan bien pero vale tanto la pena que por qué no la acompañamos con otras cosas’.

Entonces Lolo salió del departamento y regresó con Isaac y Ángel, viejos amigos y seguidores de la banda. La plática hizo que Lolo recordara el material que guarda en el “Archivo Pápalo de la Nación” y se metiera a escarbar en él mientras los demás observábamos. Había fotos del “Mejor año nuevo de todos”, en el que salieron a la calle Hidalgo un primero de enero a las siete de la mañana. “No había nada. Estaba muerto. Todavía fuimos a Sanborns a desayunar…—Lolo revisa a qué hora tomó la foto—… 7:39 y ya estaba abierto, wey. Mis respetos, eh.” Luego aparece un retrato donde Diego lleva una hebilla en forma de estrella que tiene una foto de Lolo niño en medio. Recuerdan canciones con nombres como “Triste Recuerdo de Acapulco” y “Cigarro Sabor a Vaselina”… aparece un video donde un Lolo sin barba y un Diego con cabello hasta media espalda ensayan por primera vez como Los Pápalos. “Ahí todavía ni pensábamos en el tiempo”. Después reproduce uno más reciente, donde Lolo, ya barbado, sigue a golpes la pista de Diego, que aparece sentado en el fondo: “Ahí ya estás pensando en el tiempo, por ejemplo, —le dice Diego a Lolo— se ve que estás nervioso…”. “¿Sabes cómo se oye? —grita Ángel, a nuestras espaldas— ¡Bien pinche fuerte, wey!”. Cuando, en el video, Lolo termina de tocar y la resonancia de los platillos se disipa, una voz fuera de cámara habla tímidamente por todos nosotros: “…Todo muy bien”. Una calcomanía de Battles en la puerta del baño atestigua las carcajadas.

De pronto la conciencia del paso de las horas volvió a ellos. Llega el momento de irse rápido a casa de Ángel para que les dé tiempo de jugar “Catán”.

Ya ni ensayamos nada, wey. Qué mala onda…

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *