La ciudad es un filtro

||| Por Amaury Colmenares |||

 

“Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no puede explicárselas, y los que no las han vivido, no pueden comprenderlas. Hay hombres que se juegan la vida para subir a una montaña. Nadie, ni siquiera ellos, puede explicar realmente por qué. […] Unos cuantos creen que solo serán felices en un lugar distinto, y recorren el mundo durante toda su vida.”
La historia interminable, Michael Ende

Nos debatimos entre callejuelas y cuatro avenidas. El resto son autopistas y barrancas. La ciudad sucede entre obstáculos, todo es baches, depresiones, empedrados, microbanquetas, microcalles. Los autos sufren entre topes, curvas, semáforos de dos minutos cada cien metros, policías que hablan por celular o con un taxista compadre que se ha detenido a saludarlo justo en el carril que tiene el paso.

La vista lucha contra los cables, contra las bardas, contra el sol que se instala en las cosas, convirtiendo el entorno en una charola reflejante, que deslumbra en los filitos (en los autos, en las herrerías, incluso en los árboles). La vista se debate entre caras de políticos barrigones y anuncios tan grandes que no pueden verse (porque son espectaculares, pero habría que verlos de lejos y las calles son angostas…).

No es neurosis. La ciudad es una cura para la prisa. ¿Prisa de qué si todo está a diez minutos de distancia de todo y de todas formas nadie llega a tiempo? La ciudad nos dice: “oye, soy destino turístico, disfruta tu día paseando, trabaja respirando aire limpio, escucha las aves, mira en lontananza el crepúsculo ¡La gente pagaba por venir aquí un fin de semana!”. Podrá ser una actitud desesperante, pero es el carácter de nuestra urbe. Lástima que el desarrollo humano le estorbe tanto a los paisajes, devorando cerros y levantando edificios como cartones de leche.

Para todo hay que pedir permiso. Permiso para pasar por donde tres señoras con niños orbitando platican, para correr entre los autos que no piensan detenerse tres segundos, incluso Emiliano Zapata pétreo tiene que pedirle permiso al distribuidor vial para pasar o al menos poder ver hacia dónde va. Hay que pedirle permiso a los turistas -eso sí, cada vez son menos- intrigados con una pared: “disculpe que mi vida interrumpa su paseo, pero tengo que ir a trabajar”. Parece que incluso hay que pedir permiso para hacer las cosas que uno quiere. Aquí se critica sobremanera al que muestra interés en algo, al que intenta hacer las cosas, al que cree que se pueden hacer bien. Parece que la ciudad no está a la altura de ninguna intención.

Cuesta trabajo caminar, sortear el calor y los ángulos casi rectos. Recorrer la ciudad es siempre terminar embarrado. No se sabe bien si el que termina contaminado de primavera farragosa es uno o si es la ciudad la que termina quedándose con cachitos de sus habitantes. Siempre siento que llego a los lugares limado, o al menos filtrado por el exterior. Sudoroso, malhumorado, aturdido y a veces insultado ¿Pero qué es uno si no eso, siendo sinceros?

Somos como Graógraman el león de La historia interminable, ese ser que a diario recorre las dunas del desierto de Goab, pintándose del color del camino. Los que aquí vivimos difícilmente aceptamos que somos -lo siento pero hemos sido despojados de cualquier otra identidad- cuernavacos, definidos por nuestras dunas como esa Muerte Multicolor.

Cuando estamos atrapados en un tráfico de diez autos, desesperados porque a pie habríamos llegado diez minutos antes, sintámonos como Vladimiro y Estragón esperando y esperemos lo mejor. Siempre hay que esperar lo mejor de esta ciudad, de preferencia sentados.

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